Amor de madre… así es como ella había bautizado aquella obsesiva voluntad de proteccionismo materno.
No sé cuál es vuestro caso, pero supongo que, tarde o temprano, habréis pasado por lo mismo que yo alguna vez, sobre todo en la infancia. "Está bien que mamá se preocupe por mí, pero al menos me podría dejar respirar un poco…" Habré oído esa expresión mil veces. Si se os ha escapado, tranquilos. Yo mismo lo he dicho y he tenido la ocasión de darle vueltas al asunto, pero me parece que no hay nada que hacer. Desde el momento que da a luz, una madre siente que allí, acunado entre sus brazos, reside gran parte de ella misma, parte que debe ser cuidada, querida y protegida con su propia vida si fuese necesario.
En mi caso, mamá paso toda la vida, por lo menos desde que tengo uso de razón, arropándome con tres consejos que, a su entender, constituían el máximo exponente de su amor de madre y eran los únicos que la experiencia se empeñaba en hacer entender a los hombres: "El primero, estar sano y bien alimentado. El segundo, trabajar en lo que te guste. El tercero, saber tratar a las mujeres".
Bueno, pensaréis, no hay que haber vivido mucho para saber que eso es a lo que aspira una persona. Pero entendedme, yo idolatraba a mi madre, así que los recibí como el tesoro más valioso que uno pueda imaginar. Ahora, bastante tiempo después, siento que mi obstinada obediencia ha escarbado y desenterrado la cruda realidad de esas afirmaciones y no el tesoro que esperaba.
Siendo pequeño, mamá me repitió con enfermiza insistencia que no controlase mis arrebatos de hambre, puesto que de lo contrario, además de imponer ataduras al libre desarrollo de mi organismo, esa contención me impediría gozar de buena salud. Por desgracia, tras casi medio siglo de suculentos banquetes forzado por ella, la gula me ha devorado...
Hace frío. El cosquilleo del gélido y cortante aire agita mi titánico cuerpo dentro del abrigo, y su imperceptible temblor hace que las costuras que sujetan la extensa tela que me envuelve se tensen en un mudo gemido. Mis hombros hundidos, resignados a soportar el peso del bajo vientre, cargan también con la pena y sufrimiento acumulados tras un inconcebible numero de insultos y burlas desde mi más tierna infancia. Ya no existe ninguna talla de ropa que se ajuste a mi cuerpo, y la velocidad a la que mi metabolismo acumula lípidos es mucho mayor que la rapidez con que la pobre costurera de mamá consigue confeccionar una nueva prenda que se acomode a mis necesidades. Cada vez me resulta más complicado atravesar el marco de una puerta y levantarme de una silla o sofá sin que éstos sufran una deformación rayana en la rotura. Además de estos inconvenientes domésticos, mi poca atractiva apariencia me ha sellado cualquier salida profesional acorde con mis conocimientos y preparación académica, por lo que desde hace largo tiempo convivo con la miseria. En cuanto a la salud, a estas alturas es algo en lo que no puedo confiar dada mi delicada situación. He recibido algún que otro conato de infarto, y la línea que traza mi vida parece encogerse a pasos agigantados.

En cuanto al amor… bueno, aunque preferiría no hablar del asunto (me resulta bastante embarazoso), me he abierto a vosotros y tendré que contarlo.

En este aspecto, mamá tampoco se cansó de repetirme que debía tratar bien a las mujeres, especialmente a las afortunadas que, según ella, tuviesen la suerte de conocerme. Pero sacar a pasear mis más de 200 kilogramos se ha transformado en un lastre para mí, y ante las pocas oportunidades de que dispongo, tengo miedo de que sus prejuicios acaben por acobardarlas cuando las abordo, pues es evidente que mis encantos ante una mujer acaban ahogándose entre las capas de grasa que exterioriza mi físico. De hecho, todas las mujeres a las que he tenido la ocasión de tratar (eso sí, siempre a distancia, a través de una fría e impersonal conversación telefónica) acabaron desencantadas al comprobar que sus expectativas de conseguir una futura relación estable quedaban aplastadas bajo el tonelaje de mi orondo cuerpo. Pese a la voluntad que he mostrado para intentar agradar a las mujeres, éstas me han pisoteado como a un trapo sucio y maloliente del que hubiese que desembarazarse antes de pasar la vergüenza de enseñarlo en publico, y ante la crueldad que pueden llegar a manifestar tan sólo por aversión física a un hombre no son merecedoras de que se las trate bien...
Pero debo decir, sin embargo, que no me resigno. Guardo conmigo alguna esperanza de encontrar en una mujer algo especial que complete mi vida, aunque, si eso es demasiado ambicioso para mis posibilidades, me contentaría con que me ofreciese la oportunidad de saborear mi sueño tantas veces imaginado, el intenso anhelo de percibir el contacto y fragancia femeninos rozando mi anatomía.

Y ya he perdido la paciencia.

Recuerdo lo que me dijo mamá cuando Bill el sapo me pegó una paliza en el colegio a los doce años. Al llegar a casa ensangrentado y lleno de moratones, en vez de curarme las heridas, primero me cogió por el cuello de la camisa y me dijo: "los hombres no lloran. Los hombres actúan". Quizá eso fuese la única cosa salida de su boca que me sirvió de algo.
La solución a mis problemas me sobrevino en un instante de aquella lucidez que creí me había abandonado. Llevaba bastante tiempo madurando esa idea, la única salida posible a mi tormento, y lo insostenible de la situación ha acabado por decidirme. Con paso resuelto, moviendo pesadamente mi silueta, pienso, como diría mamá, que ya es hora de actuar.
Justo en ese momento, en mi camino se cruza una muchacha, joven y apuesta, que, apuntándome sin disimulo con el dedo, cuchichea atributos hirientes con su amiga entre risitas mal contenidas…
Pronto dejarán de mostrar esa actitud hacia mí.
Llego a casa cuando el sol está a punto de ocultarse bajo la cortina de podredumbre extendida sobre el barrio donde resido. Mi falta de recursos económicos me ha obligado a adquirir un reducido piso, insertado en un edificio que carece de ascensor, por lo que mientras asciendo pausada y dificultosamente cada uno de los peldaños de la escalera que conduce a la segunda planta, repaso una vez más la manera en que borraré las consecuencias de los consejos que me ha venido recitando mamá. La conclusión que el valor de la experiencia me ha brindado es simple. Debo cambiar mi imagen y, con ello, encauzaré mis relaciones con las mujeres, que a fin de cuentas es lo que más me importa.
Con estos firmes propósitos, ejerzo presión a las bolsas de grasa derramadas a ambos lados de mi vientre para pasar a través del umbral de la puerta de entrada a casa. Mamá me está esperando con una suculenta ración de comida en el lado de la mesa que debo ocupar, como en tantas otras ocasiones… En su lugar, apenas un errante bocado de pan aguarda a ser engullido en su plato, custodiado por un par de raquíticos y envarados brazos, apoyados sobre la mesa.
- Hijo, me tenías preocupada. Si sigues viniendo tan tarde a casa, un día de éstos me voy a llevar tal disgusto que es posible que te quedes sin madre… y luego, dime, ¿quién cuidaría de ti, eh? Anda, ven y siéntate a cenar, que se te va enfriar el plato.
Me dirijo a la cocina sin prestar atención a su comentario. Dentro, ella puede escuchar una gran refriega de cacerolas, platos y cubiertos durante poco más de medio minuto. Salgo con el cuchillo más grande que puedo encontrar en mi frenética búsqueda y camino decidido hacia la inmóvil e indefensa estampa de mamá…

La escena no era digna de pasar inadvertida. La crueldad y el salvajismo otorgaban al espacio un tono decididamente lúgubre, y la densa atmósfera, atrapada en la sala y cargada de un fétido hedor proveniente de los cuerpos sin vida de la madre y de su enorme hijo, viciaba el mugriento ambiente.
Los vecinos se apresuraron en asegurar al equipo policial enviado la solidaria conmoción que sentían, así como también su horror ante el macabro desenlace acontecido, tanto más por cuanto fue considerado como el acto inesperado de un hombre trabajador que vivía por y para su madre. Todas sus afectadas declaraciones coincidieron en que no existía la menor sospecha por su parte de que todo acabaría de aquella manera tan escalofriante.
Qué delicia...
Descanso ante la sublime sensación de que en el ultimo momento he sido capaz de enderezar los traumáticos resultados de aquellos consejos. Os preguntaréis qué es lo que he hecho. Esta bien, os lo diré… de hecho, aunque lo haga, no va a perjudicarme.
En primer lugar, eliminé a la causante de que se engendrara esa profunda animadversión hacia mis kilos de más, a mamá (y con ello puse fin a su odiosa costumbre de cebarme como si fuese un animal a la espera de ser sacrificado para servir de alimento a su arrugado y perpetuo cuerpecillo). Fue un alivio taparle la boca mientras hundía la brillante hoja en su frágil anatomía. Hice bien. No hubiese soportado oír sus gritos. Entendedlo, es… era mamá.
Una vez deshecha de raíz la causa primera del problema, era hora de arreglar sus consecuencias...
En segundo lugar… ufff, no me queda mucho tiempo… bueno, en segundo lugar conseguí, con gran satisfacción por mi parte, deshacer el problema de obesidad y sentar las bases para arreglar el continuo infortunio con el sexo femenino. Tras haber acabado con mamá, cogí el cuchillo y me abrí el vientre en canal, expulsando todo aquello que sobraba… y aquí estoy, tendido boca abajo en el suelo, viendo la forma en que se vacía mi cuerpo sobre el entarimado, en medio de un ingente charco escarlata. Ahora, mientras la oscuridad gana terreno, mi mente… oh, sí... me envía a ese tan deseado sueño, un sueño eterno en el que, mostrando una más que apuesta figura, las mujeres caen rendidas a mis pies, pudiendo sentir en mi piel su suave contacto y dulce fragancia…

El final se va acercando… rápido, pero que muy rápido…
Con todo, me pregunto si sabéis que es lo mejor de todo esto. Bueno... a fin de cuentas os lo podéis imaginar.
Repito, no sé cuál es vuestro caso, pero estoy seguro de que ahora mismo me envidiáis. Y es que mamá, por fin, me ha dejado respirar.
Respirar tranquilo.
Respirar mi último aliento en paz...

 

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