BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE, DE HERMAN MELVILLE

 

DEL NACIMIENTO DE KAFKA

POR ROBERTO GARCÍA

              A lo largo del último año hemos podido asistir a la recuperación exagerada de uno de los libros más sorprendentes de la historia de la literatura. Esta recuperación habría que situarla en el plano editorial, puesto que “Bartleby, el escribiente”, la genial novela corta de Herman Melville, ya hace mucho tiempo que forma parte de la zona más alta del podium literario. Este comentario es, a la vez, un elogio y una crítica. Sería deseable que las editoriales españolas dedicaran mayores esfuerzos y alguna pequeña parte de sus gastos de promoción a la reedición de multitud de títulos cuya presencia en las librerías es poco menos que quimérica. Por ello, que en un plazo tan breve hayan aparecido tres ediciones nuevas de la obra maestra de Melville (que, por otra parte, no estaba descatalogada en otras versiones) es, cuando menos, sorprendente.

Por suerte, vaya aquí el elogio, las tres ediciones aparecidas son de gran interés, incluso complementarias. Bartleby ha inundado las mesas de novedades de las librerías con una magnífica versión-ensayo editada por Pre-Textos titulada “Preferiría no hacerlo”, en la que, además de la novela original, se incluyen tres textos de comentario sobre la novela a cargo de Gilles Deleuze, Giorgio Agamben y José Luis Pardo. También Valdemar, en su maravillosa colección “El Club Diógenes” nos ha regalado una magnífica y económica versión a la que se incorporan otros extravagantes relatos del autor como “El Campanario” y “Los dos templos”. Por último, la editorial Mondadori se ha decidido por este título para inaugurar la primera serie de libros de su nueva colección “XL” (si obviamos el desafortunado experimento con “Alexandros”). En la edición de Mondadori podemos volver a disfrutar del estupendo prólogo que en su día le dedicó Borges a uno de sus textos predilectos y de una carta final en la que el escritor argentino Lázaro Covadlo pregunta a Bartleby por todas aquellas dudas que a cualquier lector de esta obra  han invadido desde que el punto final nos deja con ese reclamo a la humanidad.

En vista de las ediciones comentadas (repito que no son las únicas, sino las más nuevas), he de reconocer que no queda demasiado hueco para decir aquí alguna cosa novedosa sobre esta obra tan extraordinaria, así que dedicaremos estas últimas líneas del a la glosa del texto como una invitación apasionada a su lectura o relectura, según el caso. El poso final que “Bartleby, el escribiente” deja en el paladar del lector es la impresión de haberse encontrado ante un gran texto kafkiano, ante una gran revisión de lo absurdo de la realidad. El gran mérito de Melville es haberlo hecho más de medio siglo antes de que el genial Kafka comenzara a desasosegar al planeta con sus obras. Si bien en la primera parte de la obra Melville nos sitúa, con excelente sentido del humor por cierto, ante un relato que más nos podría recordar al mejor Dickens, la segunda mitad es un clarísimo precursor de lo que todos podríamos caracterizar como el estilo kafkiano, un estilo al que Franz Kafka cedió su nombre con tanto talento. A muchos puede parecer mentira que el autor de la excepcional “Moby Dick” hubiera sido capaz a mediados del siglo XIX de parir un relato tan sorprendente y que tanto desconcertó a los críticos de la época, en un clarísimo ejemplo de cómo se convierte en un clásico una obra rompedora (algo a lo que muchos aspiran, y casi nadie consigue). Sobre la influencia de “Bartleby, el escribiente” en otros autores la cosa quedaría abierta a la discusión, todos los grandes escritores han influido, de una u otra forma, en la literatura posterior; Musil, Dostoyevski o Beckett pueden beber de las fuentes de Melville, como de tantas otras, más que de influencias se podría hablar de reminiscencias.

En origen, este comentario iba a dedicarse en su integridad a resaltar las virtudes de la obra de Melville. Al final se ha transformado en un reclamo a las editoriales para que trabajen más en la recuperación de algunos textos clásicos que aún puedan sorprender a muchos lectores que no los conozcan. El éxito de Wilkie Collins o Sándor Márai demuestran que un mínimo esfuerzo promocional puede obtener buenos resultados de ventas. Muchos lectores pueden disfrutar del humorismo, el absurdo, la genialidad de Bartleby sin pensar en el año en que fue escrito, sólo necesitan saber que existe..

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