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El 24 de junio de 1842 nace en Horse Cave, Meigs County, Ohio, Ambrose Gwinet Bierce en el seno de una familia que rozaba la pobreza más absoluta. Ambrose tenía otros doce hermanos, Abigail, Amelia, Ann Maria, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew, Albert, Arthur, Aurelia y Adelia (sí, es una curiosa fijación por la letra "A"). El padre de Ambrose, Marcus Aurelius Bierce no sentía el menor apego hacia las tareas del campo y prefería pasar su tiempo en un pequeña pero bien nutrida biblioteca. Mientras, Laura, su esposa, se encargaba de conducir el hogar con mucho celo y dureza.
Ambrose cortó el pie izquierdo de su hermano mayor a los cinco años de edad, parece ser que jugando.
La infancia de Ambrose estuvo lejos de ser feliz, e incluso hay quien afirma que su serie de relatos parricidas son una simple sublimación literaria de sus primeros años.
Cuando sólo tenía nueve años Ambrose comenzó a trabajar en una imprenta donde se editaba un pequeño diario. Este contacto tan temprano con la industria de la tinta definió su futura profesión. Sin embargo, sus tareas en esta imprenta debieron detenerse abruptamente cuando Ambrose tenía 17 años, ya que se vio envuelto en un complicado asunto amoroso con una señora que superaba los 70 años.
Su padre se ahorcó cuando él contaba once años, a causa de las deudas producidas por una persistente sequía.
A los pocos meses su madre escapa con un pistolero de caravanas. Su hermano cojo, Albert, ingresa en la orden de los jesuitas, su hermana marcha como misionera al continente africano y es devorada por sus fieles. Otro hermano escapa como forzudo de un circo y sus rastro desaparece en la Habana. Su tío y protector, Lucius Verus, pirata y decorador, naufraga en Canadá con la tripulación del "Raquel".
Ambrose Bierce ingresa en la orden militar en 1859. Al iniciarse la Guerra de Secesión se incorpora como voluntario al 99º Regimiento Volante de New Orleans, del general Welles. Topógrafo, explorador, racionero y primer teniente de Voluntarios. Participa en las batallas de Shiloh, Murfreesboro, Oxford, Chikkamagua, Chattanooga, en la defensa de Atlanta y en la guerrilla contra Sherman en Georgia. Es herido en Kenesaw Mountain en junio de 1864. Los horrores de la guerra fueron una gran y dolorosa inspiración para su obra.
Cojo y pobre, al terminar la contienda se emplea en la Fábrica de Moneda y Timbre de San Francisco y comienza a escribir como ayudante de redacción del The San Francisco News. Rápidamente consigue una gran reputación de cronista ácido y sarcástico. Escribe colaboraciones en New Letters, que dirige de 1868 a 1872.
Se casa en 1871, el día de Navidad, con Escarlata Lee Stuart, mestiza chiricaua, hija de un rico minero de la que tendrá dos hijos, Montaigne y Montesquieu, y decide trasladarse a Londres, financiado por su suegro, donde pasará cinco años. En los cenáculos londinenses adquiere fama de ácido pensador, siendo bautizado por los ingleses con el nombre de bitter (amargo) Bierce. Colabora en Le Figaro, Fun y Alta California. Recopilaciones en The fiend´s Delight (Las delicias del diablo), Nuggets and Dust Pannet outh in California (Pepitas y polvo de oro extraídos en California), Cobwers from an Empty Skull (Telarañas de una calavera vacía). En 1875 su mujer vuelve a América.
En 1876 marcha a Bosnia, para realizar un trabajo de Geografía para la Universidad de Cambridge. Desde allí parte a Estambul. Allí pretende vivir y reencontrarse con Escarlata, pero conoce a Bakunin, y juntos marchan a Roma, planeando asesinar a Pío IX.
Perseguidos por la policía, debe volver a Estados Unidos, California, y se hace con la subdirección de The Argonaut. Publica en éste una serie de definiciones satíricas que compondrán posteriormente The Devil´s Dictionary. Realiza una gestión fallida como agente de una compañía extractora de oro en Dakota del Sur, la Black Hills Placer Mining. En 1877 es director asociado del Argonaut, y director de Wasp. Consigue la dirección de The Examiner, del joven William Randolph Hearts, donde desarrolla la columna "Prattle" que le proporciona la fama. Publica, a partir de 1888, dos cuentos por semana que recopilará en el volumen Anoche soñé que volvía a Manderley.
De 1888 a 1891 publica An ocurrence at Owl Cree (Un suceso en el puente del río Owl) y The death of Halpin Frayser (La muerte de Halpin Frayser).
En 1897 es nombrado corresponsal de Hearts en Washington D.C.
En 1905 se enamora de la actriz Mrs. Patrick Campbell tras una representación de Romeo y Julieta. Huye con ella pero es abandonado en Boston.
En 1906 publica The Cynic´s Word Book (El vocabulario del cínico), que se llamaría definitivamente The devil´s dictionary.
Bierce cae en una profunda depresión y se convierte en alcohólico. Su mujer lo abandona y regresa con su tribu, sus hijos mueren en una riña tabernaria, en un duelo por una mujer, y por una sobredosis de cocaína.
En 1913 es procesado por malversación de fondos, abandono del hogar y destrucción de la familia.
Recopila su obra literaria en sus obras completas Collected Word.
Se despide de sus recuerdos en Kenesaw Mountain y los lugares en los que vivió su juventud. Consigue un visado para México, donde se desarrolla la revolución mexicana de Pancho Villa. Cuenta entonces setenta años. Pasa la frontera a finales de 1913. El día de Nochebuena manda dos telegramas que constituyen su última referencia. Allí desaparece y se pierde su rastro.
Últimas palabras en USA: "Si se enteran de que he sido puesto contra un paredón mexicano y cosido a balazos, sepan que pienso que es una buena forma de abandonar esta mierda".
Abriéndose paso entre la capa de nieve que había caído la noche anterior, que le llegaba hasta las espinillas, y estimulado por la alegría de su hermana pequeña que le seguía por el camino que él iba abriendo, el hijo del ciudadano más distinguido de Grayville, un muchacho pequeño y robusto, chocó uno de sus pies con algo que no resultaba visible bajo la superficie de la nieve. El propósito de esta narración es explicar cómo llegó hasta allí
Nadie que hubiera tenido la suerte de pasar por Grayville durante el día podía dejar de observar el gran edificio de piedra que coronaba la colina baja situada al norte de la estación del ferrocarril: es decir hacia la derecha si uno se dirigía a Great Mowbray. Es un edificio de aspecto algo insípido, del estilo "comatoso temprano", que parecía haber sido construido por un arquitecto que huía de la publicidad, y aunque no pudo ocultar su obra -en este caso incluso se vio obligado a mostrarla por tener que situarla a la vista de los hombres, sobre un promontorio-, hizo honestamente todo lo que pudo para asegurarse de que nadie le echara una segunda mirada. Por lo que concierne a su aspecto exterior y visible, el Hogar de Hombres Ancianos Abersush es incuestionablemente poco hospitalario por lo que se refiere a la atención humana.
Pero es un edificio de gran magnitud que costó a su benevolente fundador los beneficios de muchas cargas de té, sedas y especias que traían sus barcos desde los bajos fondos cuando se dedicaba al comercio en Boston; aunque los gastos principales fueron los de dotar el edificio de todo lo necesario. En resumidas cuentas, esta imprudente persona había robado a sus herederos una suma no inferior al medio millón de dólares, de los que se deshizo con donaciones desenfrenadas. Con la idea, posiblemente, de desaparecer de la vista de los testigos silenciosos de su extravagancia, poco después dispuso de todas las propiedades que le quedaban en Grayville, dio la espalda al escenario de su prodigalidad y cruzó el mar en uno de sus barcos. Las murmuraciones, que parecen obtener directamente del cielo su inspiración, afirmaban que fue en busca de una esposa: teoría que no era fácil de reconciliar con la del humorista del pueblo, quien aseguraba solemnemente que el filantrópico soltero había abandonado esta vida (es decir, se había ido de Grayville) porque las doncellas casaderas se lo estaban poniendo demasiado difícil. Pero, aunque así hubiera podido ser, no había regresado, y aunque de vez en cuando llegaban hasta Grayville, de forma poco metódica, vagos rumores acerca de sus recorridos por tierras extrañas, nadie llegó a saber nada con certeza acerca de él, por lo que para la nueva generación llegó a ser nada más que un nombre. Pero sobre la puerta del Hogar de Ancianos, la piedra gritaba ese nombre.
A pesar de lo poco prometedor del exterior, el Hogar es un lugar bastante cómodo para retirarse de todos los males que habían sufrido sus internos por ser pobres, viejos y hombres. En la época a la que se refiere esta breve crónica, debían ser una veintena, pero por su acritud, ingratitud general y nivel de quejas podría parecer que llegaban casi a cien; ése era al menos el cálculo del superintendente, el señor Silas Tilbody. El señor Tilbody tenía la convicción firme de que siempre que los fideicomisarios o administradores admitían a ancianos nuevos, para sustituir a los que se habían ido a otro y mejor Hogar, lo hacían claramente con la voluntad de interrumpir su paz y poner a prueba su paciencia. En verdad, cuanto más se iba relacionando con la institución más poderoso era su sentimiento de que el benevolente plan del fundador se veía tristemente perjudicado por el hecho de tener que admitir internos. No tenía demasiada imaginación, pero con la que poseía acostumbraba a reconstruir el Hogar para Hombres Ancianos en una especie de "castillo en el aire", con él mismo como castellano, dedicado a mantener hospitalariamente a una veintena de aseados y prósperos caballeros de mediana edad, de muy buen humor y con la voluntad de pagar cortésmente por la comida y el alojamiento. En esta revisión del proyecto filantrópico, felizmente no existían los fideicomisarios, a quienes les debía su trabajo y ante los que era responsable de su conducta. Por lo que se refiere a los fideicomisarios, el humorista del pueblo antes mencionado sostenía que, en su gestión de la gran obra caritativa, la providencia les había proporcionado solícitamente incentivos para su prosperidad. Nada sabemos de las deducciones que esperaba el humorista se extrajeran de dicha opinión; los internos, que desde luego eran los más implicados, ni la apoyaban ni la negaban. Vivían sus escasos restos de vida, se deslizaban a unas tumbas ordenadamente numeradas y eran sucedidos por otros ancianos que se asemejaban a ellos todo lo que podría haber deseado el Adversario de la Paz. Si el Hogar era un lugar de castigo por el pecado de haber sido manirrotos, los veteranos pecadores buscaban justicia con una persistencia que era testigo de la sinceridad de su arrepentimiento. Hacia uno de ellos invito ahora al lector a que preste su atención.
Por lo que se refiere al atuendo, dicha persona no resultaba excesivamente atractiva. Pues dada la estación, mediados de invierno, hasta un observador descuidado habría visto en él una estratagema astuta de aquel que no está dispuesto a compartir los frutos de su trabajo con los cuervos que ni trabajan ni hilan; un error que no habría podido disiparse sin una observación más prolongada y atenta; pues su avance por la calle Abersush, hacia el Hogar, en la oscuridad de una tarde invernal, no resultaba más veloz del que podría haberse esperado de un espantapájaros bendecido con la juventud, la salud y el descontento. Aquel hombre iba claramente mal vestido, aunque no careciera de cierta salud ni de buen gusto; pues resultaba evidente que era un solicitante que trataba de ser admitido en el Hogar, donde la pobreza era una cualificación. En el ejército de los indigentes, el uniforme son los harapos, que sirven a los oficiales reclutantes para distinguir a sus soldados.
Cuando el anciano cruzó la puerta de la finca y empezó a ascender arrastrando los pies por el ancho camino, blanqueado ya por la nieve que caía rápidamente y que él, de vez en cuando, se sacudía de diversos rincones de su cuerpo, se colocó bajo la inspección de un farol grande y redondo que estaba encendido la noche entera encima de la puerta principal del edificio. Como si no deseara someterse a sus reveladores rayos luminosos, giró hacia la izquierda, recorrió una considerable distancia a lo largo de la fachada principal del edificio, llamó en una puerta más pequeña de cuyo interior salía una luz más tenue a través de un montante en forma de abanico, y que por tanto se extendía, poco favorable a la curiosidad, hacia arriba. El personaje que abrió la puerta no fue otro que el propio e importante señor Tilbody. Al observar al visitante, quien de inmediato se destocó y redujo algo el radio de la curvatura permanente de su espalda, el hombre importante no dio señal visible ni de sorpresa ni de incomodidad. El señor Tilbody se encontraba en un estado poco común de buen humor, fenómeno que sin duda podía achacarse a la alegre influencia del momento, pues era la víspera de Navidad y el siguiente día sería esa bendita trescientas setenta y cincoava parte del año que todas las almas cristianas destinan a sus mejores hazañas de bondad y de alegría. Tan repleto estaba el señor Tilbody del espíritu del momento que su rostro grueso y sus ojos de color azul claro -cuyo fuego inexistente permitía distinguirlo de una calabaza que se hubiera dado fuera de temporada- difundían un brillo tan afable que era una pena que no pudiera mantener solazándose en la conciencia de su propia identidad. Iba preparado con sombrero, botas, abrigo y paraguas, tal como correspondía a una persona a punto de exponerse a la noche y la tormenta en una misión de caridad; pues el señor Tilbody acababa de despedirse de su esposa y de sus hijos para ir "al centro" a comprar los elementos con los que confirmar la falsedad anual acerca de ese santo de vientre hinchado que frecuenta las chimeneas para recompensar a las niñas y niños pequeños que son buenos y sobre todo fieles. Ésa es la razón de que no invitara al anciano a entrar, sino que le saludara alegremente con estas palabras:
-¡Hola! Viene justo a tiempo. Un momento más tarde y no me habría encontrado. Vamos, no tengo tiempo que perder; haremos juntos una parte del camino.
-Se lo agradezco -contestó el anciano, sobre cuyo rostro delgado y blanco, pero no innoble, la luz de la puerta abierta dejaba al descubierto una expresión que era, quizás, de decepción-. Pero si los fideicomisarios...si mi solicitud...
-Los fideicomisarios han aceptado que su solicitud no les es aceptable -contestó el señor Tilbody cerrando así dos puertas, con lo que eliminaba dos tipos de luz.
Hay algunos sentimientos que no resultan apropiados para la Navidad, pero el humor tiene para sí, lo mismo que la muerte, todas las estaciones.
-¡Ay, Dios mío! -gritó el anciano en un tono tan ronco y tenue que la invocación resultó cualquier cosa menos impresionante, y al menos a uno de sus dos auditores le pareció ciertamente algo ridícula. Al Otro... Pero éste es un asunto que los profanos no tenemos suficiente luz para exponer.
-Sí -prosiguió el señor Tilbody acomodando su paso al del compañero, que mecánicamente, pero no con demasiado éxito, recorría a la inversa el camino que él mismo había abierto en la nieve-. Han decidido que dadas las circunstancias, las circunstancias muy peculiares, usted me entenderá, no sería adecuado admitirle. Como superintendente y secretario ex officio de la honorable junta -tal como el señor Tilbody "pronunciaba claramente su título", la magnitud del gran edificio, visto tras el velo que formaba la nieve al caer, parecía sufrir algo con la comparación-, es mi deber informarle de que, con las palabras mismas del presidente, el diácono Byram, su presencia en el Hogar resultaría, repito que dadas las circunstancias, peculiarmente embarazosa. Consideré que era mi deber someter a la honorable junta la expresión que me hizo usted ayer de sus necesidades, su condición física y las pruebas que la Providencia ha tenido a bien enviarle, y hasta el esfuerzo de presentar personalmente su petición; pero tras una consideración cuidadosa, y me atrevería a decir suplicatoria, de su caso -y confío que también algo de esa gran capacidad para la caridad que es apropiada a esta estación-, se decidió que no estaría justificado hacer nada que probablemente dañaría la utilidad de la institución que se ha confiado (por la Providencia) a nuestro cuidado.
Mientras hablaban, habían salido ya de los terrenos del Hogar; el farol situado frente a la puerta resultaba apenas visible por causa de la nieve. Se había borrado ya el rastro anterior del anciano y éste parecía inseguro con respecto a qué camino debería seguir. El señor Tilbody se había adelantado un poco, pero se detuvo y se dio la vuelta hacia él, pues no parecía deseoso de perder aquella oportunidad.
-Dadas las circunstancias, la decisión...
Pero el anciano resultaba inaccesible a la capacidad persuasiva de su verbosidad; había cruzado la calle hacia un solar vacío y seguía avanzando en una progresión bastante sinuosa hacia ningún lugar en particular; lo cual, puesto que no tenía ningún lugar en particular al que acudir, no era un procedimiento tan irrazonable como podría parecer.
Y así es como sucedió que a la mañana siguiente, cuando las campanas de las iglesias de todo Grayville sonaban con la unción adicional que era apropiada al día, el robusto y pequeño hijo del diácono Byram, abriéndose un camino por la nieve hasta el lugar de veneración, golpeó uno de sus pies contra el cuerpo del filántropo Amasa Abersush.
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