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house of Detention;
I got some friends inside.
When the music is over
The Doors
Lo único que me quedaba de ella era el inmenso dolor que me causó al abandonarme por un tío con mucho dinero; claro, no es muy difícil imaginar a qué lado se inclinará la balanza cuando una mujer a la que le interesa mucho la plata decide sopesar las desventajas que acarrearía el quedarse con un aspirante a escritor frente a las ventajas que supondría el convertirse en la puta a tiempo completo de un exitoso empresario aurífero. Yo siempre tendí a la tristeza, es cierto, y supongo que debido a eso me resultaba más fácil escribir, pero aún así intentaba sobreponerme a ello; por eso, y a falta de amigos, acostumbraba acudir, acompañado solamente de un libro, a un pequeño bar ubicado frente al parque de Barranco.
Una noche me encontraba en ese antiguo local realizando una lectura que me estaba resultando particularmente densa, cuando de pronto aparecieron ellos: la Bella y la Bestia. El perfume de la Bella inundó el lugar, era suave, cítrico: la Bestia parecía un oso hormiguero traído de contrabando de algún bosque de Tumbes; en contraposición podría decirse que la Bella era una mujer de esas que no se encuentran normalmente en la calle. Me rendí ante sus encantos, mujeres así de guapas suelen ser peligrosas para la salud mental de un simple mortal como yo.
Decidí que la Bella había escapado de alguno de mis sueños y quise recuperarla lo antes posible. Me acerqué a la mesa que la Bella compartía indulgentemente con La Bestia, tomaban de una botella de vino blanco y comían aburguesados croissants de queso y jamón.
-¿Sabes? -le dije a la Bestia-. Me caes muy bien, estás tomándote un trago con una mujer que pareciera haber sido sacada a hurtadillas de uno de mis sueños. Cuídala, hay pocas así, están en peligro de extinción.
-Concha tu madre -me insultó, la Bestia sabía hablar-, ya te cagaste, huevón.
Sin siquiera levantarse de su silla, arrimó su pierna y me atizó con ella en los huevos. Me dolió, me dobló, el dolor de huevos es aún peor que el de la labor de parto, creo. Siguió azotándome, nunca fui un buen peleador... Un gancho, un uppercat, un recto de derecha, el tipo parecía haber recibido infinidad de clases de box. Me sorprendió, me pateó en la cara, karate, Bruce Lee era un aprendiz. Caí en la acera. Cuando el energúmeno se aprestaba a terminar de reventarme las tripas, los dependientes del bar lo sacaron a empellones. Me ayudaron a levantarme, me pidieron disculpas. Me senté a la mesa de La Bella, se había quedado. Me sirvieron mucho alcohol, me seguían pidiendo disculpas; ella tenía una mirada arrebatadora, sus ojos seguían anclados en mi sueño.
-Eres una loca por quedarte aquí conmigo -le dije-, deberías de haberte quedado con tu novio; seguramente tu madre pensaría igual.
-No tengo madre -dijo, sin siquiera un resquicio de añoranza por la ausente autora de sus días.
-Oh, lo siento.
-No lo sientas -me espetó mientras cruzaba sus piernas, torneadas, largas y sensuales; luego prosiguió-: Se está mejor así. Por último, ese imbécil no es mi novio; en cambio tú eres diferente... Me gustas, eres lo suficientemente estúpido.
-Y tú eres la mierda ideal.
-Es cierto -se sonrió, sus ojos brillaron maliciosos-, te puedo hacer daño.
-No creo que más del que yo te podría ocasionar -afirmé tajante, no podía quedar mal ante tamaña afirmación.
Salimos del bar y trepamos a un taxi, se llamaba Susana. Se pegó a mí y me quejé, todavía me dolía el cuerpo, las costillas al parecer. "Ohh", aullé, ni siquiera logré articular un AUU.
-Pobrecito -me dijo-. Te aliviaré el dolor, tengo algo que lo cura todo -me susurró al oído, al tiempo que masajeaba mi verga a través del pantalón.
-Qué bueno, antibiótico de amplio espectro -repliqué entre quejidos, seguían doliéndome las pelotas.
Sonrió angelicalmente, contrastaba con su malicia. El taxista nos observaba por el espejo retrovisor atento al llamado de nuestros gemidos, acariciaba excitado la palanca en cada cambio de marcha, era marica; yo lo miraba cada vez que perdía de vista los pechos de Susana, me gusta jugar con la siquis de la gente.
Sin darme cuenta, ella me bajó el cierre y sacó mi pene. Lo miraba, lo acariciaba, lo masajeaba; lo masajeaba, lo acariciaba, lo miraba... se sentía bien. "No sé si me va a gustar tener esa cosa tan grande adentro", dijo, la muy perra sabía perfectamente qué decir para hacer sentir bien a un hombre.
Sin previo aviso, metió mi falo en su boca y se lo engulló entero; tenía la garganta profunda, era una mamada de antología. El taxista parecía meneársela cada vez que nos tocaba una luz roja, me mandaba besitos volados por el espejo retrovisor; yo le seguía la corriente, en caso llegara a chocar su auto podría reírme un rato. Pero no lo hizo, el muy cabrón nos dejó en casa de Susana con su carro intacto; me jodió, el rosquete seguramente había hecho lo mismo muchas veces.
Entramos a la casa, el dormitorio quedaba en un altillo; de un pequeño baúl sacó un atado de hierba y lió un troncho.
-Fúmate esta cosita, papi -me dijo, era una zorra de aquéllas.
-¿Y por qué no te fumas esta huevadaza? -le pregunté, inmediatamente después de haber sacado a relucir mi pinga amenazante, estaba erecta.
-Sólo si tú te fumas este huiro -me calló.
Accedí, nunca me había metido marihuana al organismo pero fumé aquel pito entre ataques espasmódicos; ella también estaba fumando... pero mi polla.
-No te vayas a correr -creí escuchar, me la seguía chupando.
-No te preocupes -le dije-, me vengo rápido en el primer polvo, pero en los que le siguen me demoro como mierda.
-Qué bien que te promocionas -dijo, al tiempo que se tragaba a toda mi descendencia, era realmente buena para hablar con la boca llena.
Nos desnudamos y fuimos a la sala, nos sentamos uno al lado del otro en un sillón de terciopelo rojo. Al lado de Susana había un viejo tocadiscos, parecía una fonola; al costado de aquella pieza de museo había una ruma de discos antiguos, empolvados, amarillentos, de vinilo. Mostrándome la infinita redondez de su culo, extrajo de toda esa mierda un disco de The Doors y puso la pista número seis, People are strange.
Roleó otro cigarrillo, lo humedeció con su lengua y lo colocó cariñosamente en mi boca. Le di un par de caladas y logré elevarme con los primeros acordes de esa canción tan llena de sombras, miedos y certezas. Intenté besarla y no me dejó: "Estáte quieto", me dijo, y empezó a besarme el cuello... Comenzó por darme unas mordiditas verdaderamente deliciosas que lograron despojarme de toda voluntad, sus labios succionaban mi piel y su lengua los acompañaba en su tarea de dejarme a merced de Susana; cuando levantó su cabeza, me di cuenta que todos esos porros por fin habían hecho efecto, pues le habían crecido unos colmillos descomunalmente grandes y puntiagudos.
-Ayy chiquito, vas a ser mío -dijo, con la voz cambiada.
-¡Sí! -grité excitado-. Tuyo...
-When you´re strange -dijo Morrison- faces come out of the rain.
-¡Carajo! Qué buen material, Jim -dije, sintiéndome próximo al éxtasis; Morrison parecía estar escuchándome, Susana seguía abocada a la tarea de besar mi cuello con fruición, era tan buena en esos menesteres que parecía estar tragándose todo mi ser.
-When you´re strange -seguía hablándome el lagarto-, no one remembers your name.
Justo después de que Jim me soltara tan irrefutable verdad, empezó a brotar una secreción viscosa de los enormes colmillos de Susana; era un líquido blancuzco, como el semen. "¡Qué buena marimba!", bramé excitado, y no estaba mintiendo, de verdad la Mary Jane estaba muy buena. Susana clavó en mi cuello esos inconmensurables colmillos y estallé en placer, era el mejor polvo de mi vida.
Imbuido de una fuerza inexplicable, la tumbé boca arriba e irrumpí violentamente en su coño. Le di unas cuantas embestidas furiosas, con cada una de ellas Susana se retorcía descontroladamente; era una de mis mejores faenas, seguramente iba a ser de grata recordación.
Repetimos la cópula varias veces más sin bajar de intensidad. Después del último polvo me dejé caer a su costado; era raro, no estaba cansado... ¿Me estaba enamorando de esa puta? Quién sabe. Lo real es que me sentía orgulloso, de buenas a primeras me había convertido en el campeón de los pesos pesados del ring de las cuatro perillas.
-Eres una puta sobrenatural -musité, acorde a mis alucinaciones sativas-, si sigues así vas a convertirme en tu esclavo.
-Ya lo hice -me dijo, mostrándome un resto de una ternura muy particular que figuré había perdido hacía ya buen tiempo.
Me levanté del sillón y fui al baño. Pegué una larga meada y agarré mi verga triunfadora para mirarme en el espejo y vitorearla por su grandeza, iba a ser una imagen que quedaría grabada en mi inconsciente como el símbolo de tan formidable y memorable performance. Todavía me sentía con fuerzas como para matarla a punta de pingazos toda la noche, pero al ver mi cara reflejada en el espejo, me di cuenta que, extrañamente, estaba ojeroso y con el semblante cadavérico, casi verde, se me notaban algunas venas. Supuse entonces que el cansancio me estaba pasando factura por el poderío desplegado durante el coito y recordé la película que había visto hacía unos días en La Filmoteca de Lima, El acorazado Potemkin. Sonreí y froté mi miembro en recompensa, el pobre había hecho un esfuerzo descomunal, pero seguía, estoicamente, en pie de lucha.
Era extraño, según todos los reportes médicos, la droga, entre muchos de sus efectos secundarios, podía hacer disminuir la potencia sexual (le llamaban disfunción eréctil); sin embargo conmigo, un novato en la materia, había surtido el efecto contrario. Definitivamente el sexo era la mejor de todas las drogas, pero si necesitaba doparme para realizar mejores faenas, no habría nada que me lo impidiera, me drogaría cuantas veces fuera necesario; total, no me costaba nada hacer feliz a la gente, y más todavía si Susana era toda la gente.
Decidí entonces entrar subrepticiamente a su dormitorio y hurtar un poco de hierba, me cagaba de miedo de ir a comprarla a la Residencial San Felipe y que el distribuidor no fuera otro que uno de esos policías encubiertos; pero grande fue mi sorpresa cuando abrí el pequeño baúl donde guardaba la marihuana y encontré solamente una bolsa de esas que venden en los supermercados... "OREGANO", decía, olía a pizza. Intrigado, escuché un ruido en las escaleras, cuando me di vuelta me encontré con Susana parada detrás mío, sonreía de lado.
-¿Te gustó el orégano, bebé?
-No sé de qué me hablas, lo que me gustó fue la marimba, eso sí... ¿Crees que podrías comprar un poco para mí? Me muero de miedo de comprarla yo.
-Ay, chiquilín -me dijo-. Se nota a leguas que eres un chico de su casa que nunca antes había fumado un troncho. Jamás te di marihuana, fumaste orégano, eres un cojudo.
-¿Entonces esos colmillos de mamut eran verdaderos? -le pregunté aterrado.
-Sí -me contestó, dejándome estupefacto.
-¡Eres una puta de mierda!
-Tú lo dijiste, soy una puta sobrenatural, ¿no?Y bueno, ésa es la historia, tal y como sucedió en realidad. La desgraciada ésa me condenó a vivir eternamente en este mundo, en este infierno, y es que la Tierra siempre me había asqueado, me repugnaba; yo había planeado escribir un cuento que llegara a ser perdurable, y, cuando cumpliera veintisiete años, morir de una manera terrible y triunfante, como hicieran Morrison, Hendrix y Janis (a Cobain no lo incluyo dentro de este grupo de heroicos antihéroes porque el puta se suicidó, su alma no pudo soportarlo más), y sifilítico, como Rimbaud (también a los veintisiete). Debido a eso la inmortalidad me resulta tremendamente dolorosa, es como vivir en un suplicio eterno, pero lo peor de todo es que yo soy un vampiro de segundo orden, un vampirete que está impedido de alimentarse con sangre humana y que sólo puede beber plasma de animales. Tan es así que deambulo por los parques y plazas de Lima (lamentablemente los hay pocos en este desierto gris hecho de hormigón, ¡maldita sea!) al acecho de palomas y cuculíes y ratones y ratas (hay días que en la Plaza Mayor me doy un festín a la entrada de la Catedral). Para colmo de males, soy el esclavo sexual de Susana... ¿Se imaginan ustedes comerse siempre el mismo chocho?, ¿uno inmortal? Es algo verdaderamente estresante, la verdad, piensen nomás cómo habría podido yo dilucidar que ella era en realidad una vampiresa, no había forma, ¿no?
Febrero
del 2002.