Creo que fue la magia de su cuerpo danzando, o quizás serpenteando en el aire. Como si tuviera movimientos de muerte tras sus espaldas, persignándose, volviéndose intangible al ambiente; etérea, concisa, sublime. Me sentí foráneo en la Tierra. Privilegiado en ser testigo de aquella pasión pagana.

Fue imposible no enamorarme. ¿Cómo contener tanta armonía desplegada? ¿Cómo no dejarme abarcar por la explosión de sus miembros cercenando los límites? Consumiendo energía. Consumiendo mis ojos.

Fue como vivir en un mundo paralelo, ajeno al de los humanos. Aislado en la humedad de cuerpos sedientos; en el intercambio de flujos secos, sin llegar al conocimiento del otro, o del uno. Desbordando venas, material incapaz de retener tanta violencia, en el curso de un corazón cargado de emociones. Eso era amor. Eso era inevitable amor.

Ella no hacía más que mostrarse. Tan segura de sí misma, como si no necesitara a nadie. No sé si alguien puede vivir así. No sé si todo era producto de una locura, o de la necesidad de mis ojos de encontrar la perfección. Me sentí sombra. Imposibilitado de seguir sus movimientos; absorto, taciturno, deliraba fuera de mi insomnio. No daba crédito a mis sentidos, nada similar podía sucederme. Era justificar la vida en una sola circunstancia. Ecuaciones resueltas al azar y sin embargo, toda la sabiduría en la yema de los dedos.

Pero un imprevisto surgió, ella dejó de bailar. Ignorando todod lo acaecido en mi mente. Ella se volvió mujer, una común mujer. Todo se había desvanecido, desintegrado. Dejé de amarla en el instante que abandonó sus pasos. Cuando la magia se derrumbó.

 

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