Al chocar entre sí, los descomunales cuchillos producían chispas. Colegí que no podían brillarse, ni afilarse más. Él envuelto en su traje de carnicero, no parecía pensar igual. Salió de detrás del mostrador.
-Voy a hacer algo. Mis esposas lo atenderán-dijo, agregando con un cuchillo bailando frente a mi cara-: Cuidado con pasarse con ellas.
Salió. Me acerqué de nuevo al mostrador. Detrás de éste, se hallaban unas jovencitas de cuerpos sensuales. Una de ellas, con una minuscula falda organizaba algunos productos en un estante bajo. Otra surgió de la trastienda, con la camisa desabotonada y el torso al aire. Arregló ese pequeño detelle en su atuendo y se acercó a mí.
-¿Qué necesitaba señor?
-Un par de pezones para llevar.
-¿Como estos?-me preguntó ella abriéndose la camisa en la parte superior, mostrándome las negras puntas que coronaban sus senos.
Caí en la cuenta de mi error.
-Discúlpeme señorita no fue mi intención.
-¿Se siente nervioso?-Volvió a interrorgarme, humedeciendo sus índices en la lengua y acariciando con ellos, los redondos puntos-.No tiene por qué sentirse avergonzado-.
Cogió mi diestra, disponiéndose a llevarla hacia uno de sus senos. Cayó la sombra del carnicero sobre mí. Su cuchillo me arrancó la mano de un tajo.
-¡Te lo advertí canalla!
Salí corriendo sin parar mientes.
Los niños de la calle, se burlaban de mi herida sangrante. Llegué a donde Angela crujía sus teclas. Con su vestido corto y su belleza voluptuosa, era una tentación para muchos de sus clientes. Cuando entré, la vi peleando con el último mentecato que quería propasarse con ella. Advertí que empuñaba aún el cuchillo del carnicero y corté en el aire, la mano extendida hacia el cuerpo de mi amiga. El extraño salió corriendo. Cogí su mano y la inserté, justo donde había sido removida la mía. Mi amiga no cesaba de halagarme. Me sentó en su silla. Viendo la ropa y mi cuerpo, sucios de sangre, se dio a la tarea de limpiarlos con su mañosa lengua. Excitada por la sangre, dejaba que mi mano sana la recorriese a su gusto. Hincando mis dedos en los pliegues del interior de su ser, mastico en la mente un:
-Ahora sí te gusta, zorra.


Andrés Arroyo Ortega.
Miércoles 3 de Abril de 2002 alrededor de als 11 p.m.

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