Salir
de la depresión en la noche es una tarea casi imposible de realizar;
desde que me llevaste a bailar hacia la más absoluta oscuridad, mi
alicaído cuerpo rechaza el contacto con cualquier textura que no
sea la tuya, dando vida, y muerte instantánea, a unas ronchas que
no son más que una prueba inequívoca de la terquedad de mi
alma y mi corazón, y que carcomidos por la sombra de mi dolor, escupen
sangre mientras esperan tu mil veces postergado regreso al lecho aquél,
tan terso, que compartimos en ese lejano atardecer de otoño.
Ese café que me preparaste,
era tan agrio, que mis venas bien pudieron haberse hinchado de tanta desazón;
pero era tan dulce, sí, tan dulce que un extrañísimo
sentimiento de ternura se apoderó de mí. De verdad era tan
dulce como tu cara, tu sonrisa, y esos misteriosos ojos color sufrimiento
que tanto amé... Tan dulce como tu cerebro manipulador, tan macabro
y maldito que lograba, de alguna manera, hacer que pregonara mi insano y
disfuncional amor a viva voz para posteriormente matarlo con la simpleza
de tu indiferencia. Y ahora sólo me queda decir que te amo como nunca
amé a nadie, pero que te odio de una forma tal, que nada más
puedo hacer que vociferar mi locura permanente para ver si logro hacer aparecer
algún atisbo de piedad en tu cara; porque simplemente, no puedo contra
ti.
Felicitaciones, degollaste
la pasión.