-¿Te acuerdas?
-No. Nada recuerdo.
-¿Por qué lloras, entonces?
-No sé. Siento dolor, profundo dolor. Esto, ay, debe ser el olvido.
Luego, reinaron las sombras y el silencio.

 

     El olor a sarna no me daba reposo. Despertaba con lentitud. Las sombras iban, poco a poco, tomando un lugar definitivo en mis ojos gasta colmarlos. Invadían mis retinas. Estaba en ese trance, parcialmente sujeto, en que la conciencia trata de asirse a una interpretación desesperada de la realidad sin lograrlo. El ambiente era una suma de oscuridades donde se reconocían a medio ver destellos rojizos que parecían tornasoles falsos. Algo me decía anunciaban señales proféticas en el reaparecer de mi pasado. Volvía lentamente en sí, pero sólo caminaba a duras penas, adolorido, sonámbulo. Trataba de mirar atrás, pero no. Era un pasado negado; incompleto; los esfuerzos volitivos de mi memoria eran vanos. No reconstruía con exactitud ningún detalle vivido. Un dolor olvidado en mis tobillos, como se disipa una ofensa con el tiempo, enlentecía mis mpasos. Escuché el ruido espantoso de garras sobre el piso hùmedo. Intenté correr, y el dolor sobre mis pies apuró. Rasgué uno de mis talones. El efluvio tibio corrió por mi pie. Me senté para sosegar mi sufrimiento. Mis posaderas cayeron sobre las cadenas aceradas. Seguí como pude las cadenas hasta la pared marmórea donde estaban adosadas. ¡Era ilimite la coartación de mi libertad! Quise reflexionar pero el mordisco de un animal feroz me desconcertó. Lo pisé. Percibí la sensación de aplastar un perro. Pero ya dos criaturas demoníacas mordían mis piernas; mis brazos; mi cara. Luego cuatro más. Luego seis más. Me di al dolor. "Son gigantescos sus poderes y grande mi impotencia con las manos atadas", pensé. Un destello iluminó los monstruos. Eran ratas negras. De increíbles tamaños. Robustas. Tenían cubierta su piel con insignias precisas. Familiares, pero quizá por un rencor antiguo no las recordaba. Quizá olvidadas. En medio del sufrimiento cavilé, intenté argumentar algo lógico. No pude concluir nada de mi situación. No sé cuándo se fueron. O si no se fueron. Me conmocionó el pavor y me dormí.
       Desperté o soñaba, no es claro. No podía mover las piernas. Ni los brazos. Ni la cabeza. Nada. El olor a sarna se había remozado con una intensidad de espanto y una multitud de cucarachas caminaban sobre mis huesos tibios. Expuestos al ambiente. Como si un fino escarpelo hubiese separado mis carnes inferiores y superiores. Todas mis carnes de mi esqueleto. Luego me revisé completo. Era una osamente, pero sentía reconocer en medio de los huesos mi aire, como si mi alma cubriera en mi percibir mi calavera. No entendía cómo pensaba. Sentí un profundo miedo. Odiaba tres insignias que atisbaba en sus fauces, más que a ellas mismas, porque en este nuevo trance seguían las insignias. Era un odio sin sentido. Inexplicable. Mis emociones no eran claras. En esas disquisiciones estaba cuando me fui en un foso sin final. Trataba de sostener mis huesos en un solo punto. Lo logré. Antes de chocar la sima traje a cuento mi última comisión diplomática de Relaciones Exteriores en La Haya. Se avivó mi desespero por saber lo sucedido. La sensación de vacío me sacó de mis pensamientos. Me fijé abajo para ver el fondo. Reparé entonces sombre mi coxal mi bandera. Insignificante, raída, allí. Colegí algo. Inconcluso, porque nuevamente me dormí.
     Un nuevo descanso definitivo o un sueño dentro del sueño, no sé, pero volví a despertar (creí). Completo y cubierto con una túnica blanca. El horizonte no lo aprehendía con mi vista. Era una landa perfecta. Ordenada y feraz. El ambiente era ámbar. El césped señalaba caminos exactos. La arboleda dejaba un humus perfumado penetrante. No sentía ni frío ni calor. Los sonidos maravillosos de una lira mecían en mi fondo algo. Aun sin emociones la armonía me abrumaba en una honda felicidad. No estaba solo. En la copa del árbol gigante frente al mío estaba otro hombre. Con igual túnica. Múltiples (infinitos) hombres en los otros árboles. Me afané a inquirirle todo a uno de ellos. Me miró compasivo. "Esto no es real, pero es tu paraíso. No pienses en la tierra", me dijo. Sólo entonces pude ver detrás de su túnica su osamenta. Y su insignia, idéntica a la de aquel bicho, que algún desdén me reinspiró adherida a su coxal. Abandoné mi landa y entré en otra esfera, cerca de mi planeta. Apreciaba los cúmulos pringados de sangre. Y el chillar de otras ratas. Subí y subí. No bajé más.
     Entonces de veras desperté agitado. Como nunca a mi olfato lo invadió el acre. No me moví más. El rigor de mis cadenas y el cepo pesaban más que la oscuridad y el estridente silencio. Y a voluntad pude adelantar mi viaje al poniente. Antes, mucho antes del día señalado por Caronte.

Javier Montaño López


Nombre:

Correo:  
Pais:       
Web       
Votación  Regular Bueno  Muy bueno

 

 

VUELVE A LA PÁGINA DE JAVIER MONTAÑO                   VUELVE A LA PÁGINA DE RELATOS DE EL GATO DE HANK

poesía reseñas actualizaciones maestros colabora correo