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"La traición es tan antigua como el Diablo, de hecho, él fue quien inauguró esta práctica despreciable", dijo. Arrojó la fotografía en el sofá y, acto seguido, se marchó con un salvaje portazo. Tomé la foto con desdén. No entendí cómo pudo conseguirla. Tampoco me importó. Si ella quería acabar con nuestro noviazgo yo estaba dispuesto a aceptarlo. O al menos eso pensé en el momento en que se marchó. Pero luego recapacité y argumenté que sí, si el Diablo no hubiera inventado la traición en aquella remota revolución no me habría sucedido esto. Por su culpa ahora corría el riesgo de perder a Jenny. Quería tenerlo frente a mí para estrangularlo, exterminarlo con mis propias manos..., esto lo dije retorciendo furiosamente un almohadón del sofá. Estaba tan iracundo que castañeteaba mis dientes y se me nublaba la vista. Pero todo esto se esfumó cuando un afilado aullido estalló en el comedor seguido por un horrible estrépito de sillas y de otros objetos que no logré identificar. Quedé petrificado. Me encontraba solo en casa. Mis padres deberían volver mañana. Entonces, ¿quién o qué podría ser? Supuse que cualquier cosa menos algo terrenal. Sudaba copiosamente. Tenía la mente en blanco, o más bien no, el miedo zumbaba en mi cabeza como un molesto insecto. Un remolino de viento estremeció las cortinas de la ventana y me acurruqué en el sofá cubriéndome la cabeza con el almohadón, presa del terror. Por un momento sólo tuve conciencia del pesado silencio que me rodeaba. Luego sentí que algo enorme se movía por la habitación, algo cuya naturaleza inefable invadía y embotaba mis sentidos. Se detuvo a mis espaldas y durante unos segundos dejó caer sobre mí su mirada abismal, que percibía como una cortina descorrida de los mundos del más allá. Sentí que mi conciencia aleteó un instante en el vacío, y luego volvía a ser presa del espanto. Sin embargo, ahora tenía la sensación de que a mi alrededor flotaba una extraña tranquilidad. Entonces noté que aquella presencia fantasmal había desaparecido. Pero no me atrevía a levantar la cabeza. ¿Habría sido el Diablo que vino a asustarme para darme una lección? Me estremecí al pensar en esta idea. Desesperado, me esforcé en recobrar un poco de valor y me descubrí los ojos. Me sentía como un sonámbulo. Me di cuenta vagamente de que todo había sido muy rápido y momentáneo. Sin embargo, estaba atento a cualquier peligro acechante en la habitación. Tenía la impresión de que el fenómeno aún no había terminado. Al bajar los pies del sofá tropecé con algo. Era una Biblia. La tomé en mis manos y leí al azar: El que tenga entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis. La cerré aterrorizado. No obstante, peor fue el susto cuando vi la ventana abierta de par en par y en ella asomadas decenas de personas que empezaron a gritarme: "¡Dínoslo! ¡Dínoslo!" Me escapé trepando paredes a través de los patios vecinos y llegué al cementerio. Y aquí estoy. Fatalmente he incrustado en mi vientre un enorme cuchillo que traje conmigo. Estoy a pocos metros de la entrada. La luna lo ilumina todo con su luz de ceniza. Mi sangre se ha cansado de brotar. Puedo recordar lo que descubrí. Mi espíritu tiembla al pensar en el secreto que contiene todo el horror y la abominación de lo Impensable. Pero es preciso que me deshaga de él para que mi alma no perezca en las profundidades del Hades. Tengo que librarme del peso de su maldición... y lo haré antes de que el tiempo se me escape de las manos... He aquí... el signific... me... muero...