
Quizás, la noche se durmió en el río o el día se despertó confundido en la luna, pero vi tu rostro en el estanque de los ojos de ella. Lo sé, fue extraño. Pensaba en lo doloroso de tu ausencia, al entrar en su casa. Ella tenía esa pantaloneta negra, que sostenía para que no se le cayera; bajo su blusa azul se adivinaban sus senos redondos, apretados como dos toronjas. No dije nada al verla con su sonrisa opalina flotando en su nívea faz. Me dejé caer en el desorden de los cojines sucios, desparramados en el suelo de la sala. Ella se tendió junto a mi; una insinuante tela blanca surgiendo de la prenda negra.
Quería jugar. Empezó con pellizcarme y terminó mordiéndome. Una elástica gatita, jugando con un payazo de goma. Fui arrastrado por los pies hasta su habitación. Me pidió que me acostara en la cama. Sostenía en sus manos una cuerda y su pantaloneta bajando hasta dejar ver el principio de su derriel, dividido en dos por la diminuta tanga. Adiviné sus intenciones. Mi alma quiso hacerte una venia y marcharse de allí. En la semioscuridad de la pieza, vi el brillo de sus pupilas. Al fijarme en ellas, hallé al fondo la luz blanca de tu ser. Me rendí ante esta curiosa circunstancia y me tendí en la cama. Ella amarró mis manos y pies, al metálico armazón. Dejó caer sus prendas al piso; tendiéndose sobre mí el dragón de su ser.