
Estaba sentado en un andén con los pies hinchados de tanto caminar y renegando entre dientes mi mala suerte, cuando de repente vi aquel grupo de gente, andaban en parejas o tríos, entrando y saliendo de la iglesia con gran algarabía.
"Debe ser misa"
Pensé pero luego noté que todos salían con bolsas en la mano, la curiosidad me aguijoneó y poniéndome de pie me acerqué disimuladamente.
"Almuerzo de Beneficencia"
Decía un cartel de letras grandes y rojas
"Quien quita..."
Al entrar encontré andrajosos y travestis acomodados en mesas a lo largo, a unos les servían pan con sopa caliente mientras que a otros les daban bolsas llenas de víveres, algunos enlatados y granos empaquetados, lo suficiente para sobrevivir una semana. Al principio dudé y estuve a punto de alejarme pero el estómago me dolía tanto que por simple instinto me aproximé hasta una de las mesas.
"¿Y tú estás registrado?"
"N...no"
"Ay pues no te pueden servir"
"Uhmm.."
"Puedes decir que eres Julio"
Me explicó uno de los travestis
"Él está en la cárcel"
agregó otro
"Julio Perea"
"Número Social"
Me quedé mudo, pensé en voltear y preguntarle a los de la mesa pero era demasiado tarde.
"Humm... no me acuerdo"
La vieja me miró desconfiada y llamó al tipo de la entrada
"Ya me echan"
pensé y seguro, Carlitos vino con su aretica en la oreja y su aliento a menta y ¿Qué hospital te trata? ¿Cuál es tu médico de cabecera y etcétera, etcétera, hasta que le confesé que yo no tenía Sida ni era paciente ni nada y que la única enfermedad que sufría era un hambre pasada
"Lo siento mucho pero estos alimentos son para los enfermos"
Yo le di muy cortésmente las gracias al hijo de puta y él no tuvo que mostrarme la salida.
Me había alejado unas dos cuadras, arrastrando mi humillación y rabia, cuando pasaron los maricas de la mesa
"¿Te dieron algo?"
"No, me botaron"
El travesti hizo una mueca exagerada
¿Y tú de dónde eres?
"Colombiano"
"Ay estos colombianos son tan hermosos"
La cara se me puso colorada, era el mejor piropo que alguien antes me hubera dado pero no dije nada, más adelante los alcazó otro, uno alto con una fisionomía muy femenina pero con una cara demasiado masculina. Los tres gays comenzaron a cotorrear y yo me fui rezagando a medida que nos acercábamos a la parada del tren. La gente los miraba con interés, los hombres, en especial los mayores, se reían con malicia y vergüenza, los niños eran los más intrigados preguntando quiénes eran esas señoras tan feas mientras que las mamás los pellizcaban ordenándoles que se callaran. Mientras tanto el alegre trío iba por la acera con su aire de váyanse todos ustedes muy al carajo. De pronto un joven de cabeza rapada y esvásticas en los hombros les dijo algo, los travestis lo trataron de ignorar pero el calvo entonces saltó en medio de la acera y reventó pulmón pelado
"¡Malparidos travestis, maricones hijos de puta!"
Los homosexuales aguantaron
"¡Cochinos de mierda, locas asquerosas!"
Finalmente el travesti alto se detuvo y levantando las nalgas le contestó a gritos
"¡Sí y tú te mueres por comerte este culo!"
Las carcajadas salieron de todos lados, el cabeza rapada se quedó mudo, la vergüenza le hervía la cara, la ira los puños y por un momento creí que corría y embestía a los homos pero ése era una de esas chandas que apenas ladra y ya no dijo más. Los travestis se metieron con sonrisa triunfal a la estación y yo seguí caminando y riéndome sin acordarme ya lo cansado que estaba.