Si bien el tiempo, en la mayoría de los casos sana las heridas, o mitiga sus dolores; es el mismo tiempo el artífice, en mayor o en menor grado, de permitir al menos que esas marcas subsistan a través de él.
He de escribir esta historia de consecuencias reales, más no se me pida una explicación sugerente, del por qué, algunas personas acuden a ciertos ardides de baja estirpe y caminos intrincados de dudosa procedencia moral, cuando hay senderos directos que evitarían esas calamidades del pensamiento y la acción correspondiente. Pero así ocurrió.
Me encontraba yo de visita; de esto han pasado varios años, disfrutando una estadía muy particular, en un lugar de similares características.
Las flores en los jardines adyacentes de la mansión, perfumaban el aire matinal. Los senderos de adoquines, traían el encanto de su atmósfera antigua a los pasos de aquel presente en mi caminata silenciosa. Una leve brisa deambulaba errante entre los canteros y el graznido de gaviotas cercanas, me traía el soberbio presagio de la proximidad del mar.
Descendí unos cuantos pasos por una escalinata de piedra, que presumí forjada rudimentariamente a puro cincel y martillo en la roca viva del acantilado, aunque el resto del trabajo efectuado por la erosión de tantos años; como un artesano fino, la había pulido en forma aproximadamente perfecta. A los lados de los peldaños, densos arbustos desertaban toda tentativa de ver donde conducía el camino; pero lo intuía. El aire salado se respiraba más denso a cada paso.
No podía ser de otra manera, la majestuosidad de aquella acuarela real; el mar, se reveló en todo su esplendor luego de trasvasar el último matorral.
En aquel momento no pensé en nada; a decir verdad, en una única persona, mi amigo Walter Charmot, de hecho, haber contado con tan cordial invitación a su casa, en la paradisíaca isla de Andros, era el motivo central por el cual, ese paisaje estaría guardado en mis retinas para el recuerdo eterno. El caso de ser escritor algunas veces traía consigo estas ventajas.
La casona de arquitectura soberana, con reminiscencias de estilo gótico francés, estaba construida en el extremo oriental de la isla, en el poblado de Kemps Bay, distante apenas doscientos kilómetros por mar de la ciudad de Miami.
Charmot era un acaudalado millonario venezolano, un señor mayor. Viudo desde algunos años y recluido de los menesteres de las populosas ciudades. Aún continuaba siendo un influyente empresario petrolero en el mercado. Aunque para mi consideración, no dejaba de ser un hombre dispuesto a llevar a la pantalla grande uno de mis libros recientemente editado; por no faltar a la verdad, el único editado.
La amistad con él, respondía indirectamente a nosotros, yo era amigo de su único hijo, Alejandro. Con Alejandro tiempo atrás, compartimos las aulas de la Universidad de Buenos Aires. Allí, llegamos a ser de algún modo y más allá de los libros, como hermanos de sangre.
Un terrible accidente automovilístico segó abruptamente la vida de aquel joven emprendedor y carismático; de manera que su padre, a partir de ese momento, se relacionó conmigo con cierto carácter paternal. Yo era el único lazo de remembranza para un progenitor acuciado por el dolor de la pérdida.
Mientras mis pies se hundían suaves en la húmeda arena a la orilla del mar, pensaba en Charmot, un ser de estatura baja, de patillas bien tratadas y generosas; mirada segura y dotado con un aire de grandilocuencia que sustentan los millonarios como un bien no negociable. Mantenía esa seguridad manifiesta en cada acción que realizaba, como si el error en cualquier cuestión, fuese para él, una ausencia preestablecida por designios naturales.
Así era Charmot, un hombre seguro de sus actos, emprendedor y sobretodo, arriesgado. En su lugar jamás me hubiese animado a tanto con un escritor de bajo perfil como lo era yo, para considerar semejante aventura de unos cuantos millones. A él, apenas le alcanzó leer la obra Puerto Esperanza, para tener la certeza de un destino oportuno para con mi novela.
Las dos misteriosas botellas que encontré esa mañana en la playa (Y como consecuencia de ese hallazgo anormal) fue la causa de todo lo que siguió.
Su perrita Lucy ladraba a lo lejos entre los arbustos de los jardines que, desde la costa se contemplaban elevados de mi vista. Joaquín, el jardinero, llevaba una carretilla repleta de tepes de césped para renovar; ningún otro ser vivo se asomaba en mi campo visual; quizá Charmot pudiera haberlo hecho desde su despacho en el interior del segundo piso de la mansión, pero esa era una simple hipótesis. Así que, cuando me incliné sobre el borde de resaca marina repleta de algas y desperdicios muertos del mar, a recoger esas dos botellas, casi con seguridad diría, que nadie me vio. No estaban juntas, de modo, recogí la primera, me alisté con disimulo, caminé unos metros y allí obtuve la segunda.
Alguien en alguna oportunidad comentó que, se divertía arrojando botellas al río con mensajes de saludos escritos para quien las encontrara, además, él solía colocar su dirección como referencia del punto de partida. Era una persona solitaria, aquello lo divertía, pues en varias ocasiones, habría recibido mediante carta normal por correo, respuesta a su travesura amistosa de niño explorador. Otro caso similar, pero de trascendencia histórica, fue el de, Shelley, ("el ángel frenético") el poeta incinerado a orillas del Mar Rojo por Lord Byron y esposo de Mary Godwin (autora de Frankenstein), distribuía sus "Declaration of Rights" por medio de botellas que arrojaba al mar desde un acantilado. Pero éste sin dudas no era el caso.
Las botellas que hallé esa mañana, estaban muy bien cerradas, no se trataba de una hoja con saludos, era más que eso, al menos varias páginas enrolladas aguardaban dentro de cada uno de esos envases; eran recipientes marrones de vidrio de defectuosa manufactura: arriesgué un origen artesanal en cuanto a sus formas rudimentarias. Su tapón consistía en una pieza de alcornoque presionado hasta el borde inferior del cuello mismo; y un precinto sobre el tapón realizado rústicamente en soga o liana vegetal, un material nada sintético; aseguraba mejor el cierre.
Ambas botellas eran idénticas, aunque mirándolas con detenimiento, se podía apreciar mejor esta cuestión de haber sido fabricadas a mano, ya que entre ellas se apreciaban algunas formas y tamaños que, (si bien eran similares) no eran exactas. Las revisé palmo a palmo, no había en ellas inscripción alguna en el vidrio, ni otro signo que delatará su procedencia.
No sé por qué motivo; pero así lo concebí; no deseaba compartir el hallazgo con nadie, se apoderó de mí una sensación mezquina de naturaleza extraña, dicho egoísmo tuvo su alcance incluso con Charmot.
Podía tratarse de alguna estupidez el contenido de los mensajes; o no, pero de igual modo hice caso omiso a las culpas y me dirigí directamente al que había sido asignado como mi cuarto por esos días. Oculté las dos botellas entre mis ropas y hacia allí me encaminé resuelto.
En el ala Este de la fastuosa mansión rodeada de jardines y verdores, en su segundo piso, se encontraba mi suite. Amplios cortinados de seda bordó se recogían a cada costado como una cascada en el enorme ventanal blanco; esto permitía que la luz entrara en forma abundante proyectándose sobre la vasta cama de roble antiguo.
Logré con altísimo esfuerzo calmar la ansiedad, eran las tres de la tarde y no resultaba prudente hacer esperar a mi amigo. Así que, me reuní con él para tratar temas que comprendían al desarrollo del film. Aquella reunión continuó sin pausas hasta la hora de la cena, y fue el caso que, recién a las nueve de la noche subí al cuarto, con una obsesión que me mantuvo todo ese tiempo ido de las conversaciones, abrir las botellas y leer.
Marcos, uno de los empleados de la casa, me proveyó un sacacorchos mecánico y una botella de buen vino con su correspondiente copa, además, le había solicitado un pequeño cuchillo, todo esto, y a pesar de la no-intromisión del asistente en asuntos privados, no levantaría ningún tipo de sospecha, cualquiera desearía beber una buena copa antes de dormir mientras disfrutaba una lectura.
Apenas el muchacho salió de la habitación, cerré con llave y me abalancé sobre una de las botellas, (no la del vino obviamente). Corté los hilos y quité el tapón, esa labor fue inútil, las hojas dentro se habían adaptado al mayor ancho del cuerpo del envase, esto provocaba la imposibilidad de salida de las hojas por el estrecho cuello de la botella. No tuve opción, con un golpe contundente y certero, de un atizador que reposaba hasta ese momento al costado de la chimenea, rompí una de los envases, pero antes tomé la precaución de enrollarlo en un tapete pequeño que permanecía al pie de la puerta; para lograr el efecto deseado, no se oyera el ruido de vidrios rotos.
Dispuse con sumo cuidado los manuscritos sobre la cama, los desenrollé y volví a enrollar en forma contraria para quitarle esa curvatura molesta que incomodaba la lectura.
Estaba escrito en hojas apergaminadas y muy secas, pero la letra era clara y estaba manuscrito es español moderno, a pesar de la supuesta antigüedad del texto; aunque quizá parte de los rayos solares lograron atravesar el vidrio y degeneraron las hojas, en efecto, tal vez no eran tan antiguas; pensé. Es sabido que la mayoría de las medicinas y drogas químicas de laboratorio están envasadas en frascos de vidrio color marrón, con el objeto de preservar mejor el contenido de la incidencia disgregadora de la luz.
Mi capacidad de apreciación no había fallado, eran varias hojas escritas en tinta negra, con letra manuscrita muy legible y prolija, aunque la superficie no poseía renglones, la alineación de las palabras era magistral. Me recosté en la cama y leí. . .
" Diario del Doctor Enrique Sánchez Toledo"
Día 1
Hoy hemos arribado de emergencia a una isla presuntamente desierta, no sé dónde nos encontramos, estamos perdidos. Volamos en un hidroavión biplaza, propiedad de mi amigo Augusto, desde la ciudad de Tampico (México) en ruta este, con destino a Santo Domingo. No llevábamos pasajeros. Los instrumentos de navegación colapsaron todos al mismo tiempo. Augusto Pilotó por un lapso de aproximadamente tres horas sin rumbo fijo. A nuestro parecer ya tuvimos que haber pasado Santo Domingo, pero no sabemos dónde nos encontramos. Estamos definitivamente perdidos. Nuestra travesía de dos mil ochocientos kilómetros hasta nuestro destino, nos demandaba entre seis y siete horas de vuelo normal; hemos volado diez horas.
Día 2
La radio del avión esta muerta, las provisiones son escasas. Apenas hay cuarenta litros de combustible en los tanques de reserva; según me informa Augusto; con este escaso combustible no se podrá intentar ningún despegue.
Día 3
Hoy a llovido todo el día, este aislamiento nos esta desmoralizando. La radio continúa muda. Las provisiones de comida se acabaron hoy por la tarde. Si de algo importa, creo que es 3 de julio de 1980."
Me sorprendí al leer la fecha, sentí la desesperación de aquella prueba de vida y me sumí en la agonía de aquellos hombres; en la más completa soledad y sujetos a un destino incierto, en las manos de la naturaleza salvaje de ese territorio. Por aquel entonces, mientras leía en la casa de Charmot, era el año 1995 y ya nada se podría hacer, eso conjeturé, pues habían pasado quince años.
Descorché la verdadera botella de vino, con la ansiedad y avidez de lectura que me urgía, relegué la copa sobre la mesita, bebí sin reparos directamente de la botella, mientras continuaba leyendo sin tregua para mi curiosidad.

"Día 4
Tuve un poco de fiebre por la noche, en el botiquín del avión hallé unos antibióticos, eso me mejoró. No recibo señal alguna en la radio. Augusto intenta repararla, aunque me ha comentado que a la vista, esta, no tiene desperfecto alguno. Seguiremos esperando.
Día 5
Nos aventuramos por la playa en busca de víveres, hay plátanos y cocos por doquier, es una isla paradisíaca pero solitaria, demasiado solitaria. Amarramos el avión con soga a una palmera próxima, el ancla pequeña del aparato no es suficiente para los oleajes de las noches, peor sería estar a la deriva en este mar.
Día 6
No deseo escribir, mi moral esta cada vez más baja. Augusto, supongo, permanece igual que yo; casi no pronunció palabra en este día.
Día 7
. . . . . .
Día 10
Hace mucho calor, las reservas de agua potable se están agotando, ¡Por Dios!. Que más nos sucederá.
Día 11
El cielo y el mar se confunden en el horizonte dentro de una tonalidad muy extraña, todo es verde fluorescente, nunca he visto algo parecido, estamos en el trópico de seguro, no más lejos de algunas horas de avión dentro del caribe y sería absurdo pensar en la aurora boreal, pero así se ve.
Día 12
Continúan ocurriendo cosas extrañas, estamos confundidos. Las luces se multiplican en el horizonte.
Día 13
Nos dormimos en la playa. Ha ocurrido un hecho sorprendente, sé que no me he vuelto loco. Cuando desperté estaba ocultándose el sol, eran las nueve, casi noche, ahora estoy escribiendo y son las siete de la tarde. Mi reloj camina en reversa, el sol también. ¡Esto es demasiado!. El tiempo, ¡Dios!. El tiempo camina hacía atrás.
Día 14
Los días transcurren al revés, el sol sale por el Oeste y se pone en el Este, mi reloj continúa restando horas. Sé que es una verdadera locura, pero así sucede, las olas se recogen desde la arena, crecen, toman volumen y se extinguen en lo profundo del mar. Debemos tomar valor y descender nuevamente a la playa, necesitamos comer algo. Mi amigo esta muy asustado, aprecio en él cierta paranoia a cualquier sonido extraño.
Día 15
Un ave paso volando de cola al viento obviamente hacía atrás, perdón me corrijo, divisamos varias aves ahora de igual modo.
Día 16
Estoy asustado. He regresado al interior de la nave luego de una caminata por la playa; bajé sólo, Augusto casi no desea hacerlo últimamente. Algo aún más inexplicable me sucedió allí en la arena, no se lo mencionaré a mi camarada, eran cerca de la tres de la tarde cuando tomé varios frutos para traer a nuestro hogar flotante, cuando vi algo horrible; mi cuerpo no proyectaba sombra."
La lectura se había visto interrumpida cuando escuché unos pasos en el corredor, supe enseguida que Charmot, el mismísimo Walter Charmot se dirigía a mi cuarto, de seguro algo importante habría olvidado comentarme. Dispuse rápidamente las hojas bajo la almohada y atendí.
Lo importante de aquella conversación que recuerdo, fue ponerme al corriente sobre la suerte de Stanley; el director de nuestra película, estaba retrazado una semana, así todo, yo seguiría del mismo modo por ese tiempo, mientras aguardábamos su llegada.
Apenas se marchó Walter, continué. . .
"Día 17
Los únicos vestigios de humanidad que hallamos en toda la isla, son tres botellas vacías; aprovechando este oleaje contradictorio a las leyes físicas, arrojaré la primera mañana con las anotaciones de este diario personal, con la rogada intención que nuestro mensaje llegue a buenas manos.
Día 18
Aquí expondré nuestro testimonio. . .
Quien les escribe, Doctor en arqueología, Enrique Sánchez Toledo, junto a mi amigo y piloto augusto Sotomayor; ambos oriundos de la Ciudad de México D.C. Llevamos casi veinte días extraviados, sin la posibilidad cierta de saber el sitio exacto en la que nos encontramos. Como sugerí antes, he de suponer que estamos ubicados en alguna pequeña isla de los cayos de la florida; aunque no poseemos certeza de esto ultimo; y a decir verdad absoluta, certeza de nada. Pareciera haber ocurrido algo extraño con el tiempo; mi reloj, el de Augusto, e incluso el del avión corren hacia atrás. El sol las constelaciones, el universo entero transita en reversa; desde el ser muy pequeño, como las aves, hasta la inmensidad del mar obedecen a estas manifestaciones físicas de igual modo.
Ayer, comprobamos otra revelación de esta naturaleza adversa; hasta el mismo Newton sería incapaz de explicarla, en consecuencia jamás podría haber encontrado inspiración en esta isla para enunciar su ley de gravedad; ya que, ambos observamos como un plátano extremadamente maduro, que yacía tirado en el suelo ascendía en línea recta hasta colocarse, en el preciso sitio donde había nacido en la planta, claro esta, cuando todo funcionaba en el sentido correcto.
No hemos visto, ni oído ningún avión de línea, ni de otro tipo surcar estos cielos. Montamos guardias de observación en el horizonte marino con la ayuda de prismáticos, con el objeto de divisar algún navío en estas aguas; a sido en vano.
En un intentó desesperado por encontrar algún sentido de ubicación geográfica, puedo mencionar apenas algunos datos, nada precisos. Volamos diez horas en total, tres horas de más a nuestro tiempo de vuelo. Hasta la hora seis todo fue normal. De haber virado al norte inconscientemente, nos hallaríamos en alguna pequeña isla del mar de Sargazos, en cambio descarto por completo un vuelo con destino sur, ya que, de ser así, estaríamos en Caracas, Venezuela. Un rumbo este, no sería nada halagüeño, pues seriamos los únicos habitantes de algún pequeño escombro en el medio del vasto Atlántico.
Arrojamos esta botella al mar con la esperanza de un rescate. ¡Y que Dios se apiade de nosotros!. !In god we trust!.
Había ya bebido media botella de vino, cuando me dispuse a romper aquel otro envase que aún aguardaba bajo la almohada. Me moví con ligereza, y al igual que con la anterior, utilicé el mismo procedimiento para abrirla; luego resolví como deshacerme de todos esos vidrios rotos al día siguiente; pero en ese instante mis deseos se nutrieron con la desesperación de saber sobre la suerte de aquellos pobres hombres.
Me volqué en la cama, arrimé un poco más la luz de la pequeña lámpara de leer junto a la mesa de noche; sorbí una gran cantidad de vino; la bebida nunca fue mi fuerte, pero las circunstancias de ansiedad, así me lo exigían. Y leí. . .
"Diario del Doctor Enrique Sánchez Toledo"
Día 22
Después de no haber tocado el diario por cuatro días; he imaginando el buen destino de nuestra botella arrojada al mar, me doy aliento a continuar esta escritura, con la resquebrajada esperanza de que sirva para algo; al menos si no para salvar nuestras vidas, la consecuencia sea que nadie más pase por esto.
Aquí nada ha cambiado. Ya nos acostumbramos a no proyectar sombra; éste hecho me induce a pensar que de alguna manera no somos parte de esta realidad; y eso me alegra un tanto. Augusto esta algo animado y se aboca de lleno a la construcción de una choza; de gran ayuda fue tener palas, machetes, sogas y demás herramientas en el baúl del avión.
Día 23
La bruma verdosa persiste en el horizonte. La radio no arroja esperanza alguna y la hemos desechado por completo de nuestras pruebas cotidianas. La brújula inserta en el panel de controles de la avioneta sigue girando sin parar desde las últimas horas de vuelo, hace veintitrés días que gira; nuestra diversión radica en apostar por nada, sobre el momento en que ésta se detenga. La vivienda va tomando un aspecto aceptable.
Día 24
El agua, olvidé mencionarlo con anterioridad, ya no es problema, un diminuto pero eficaz hilo de agua brota desde un riacho y asciende hasta un grupo de rocas distante unos doscientos metros de nuestro vivaque. Claro no podría ser de otro modo, el agua sube, aquí todo ocurre en sentido inverso.
Hartos de comer frutas, nos disponemos a la construcción de una red, con lianas secas. Abundan los peces.
Día 25
La pesca fue buena. La choza esta terminada. Pero los inconvenientes se atropellan para presentarse ante nosotros. Las ramas de nuestra vivienda están verdeciendo. La red luego de tres días, estimo, no servirá más, cada momento va perdiendo firmeza a medida que las lianas se llenan de savia y se hacen jóvenes en el tejido. Es difícil vivir con estas leyes físicas.
Día 26
Debemos comer el pescado crudo, pues el fuego es imposible encenderlo, la combustión no se produce hacia atrás en el tiempo. Hemos tirado la red de pesca, era ya una suerte de baba repleta de savia, será mejor que la regresemos a sus árboles originarios para no quebrantar este ecosistema tan particular.
Día 27
Augusto me pidió escribir algo en el diario para su familia, mañana escribirá mi amigo. Me sorprendió sobremanera ver como de la boca de una diminuta iguana salía un grillo, para luego huir entre la maleza; el mundo bajo estas circunstancias es difícil intelectualizarlo hasta en esos pequeños acontecimientos. Llegaron nubes blancas como algodones del este, al rato brotaba agua desde el suelo, las gotas ascendían e iban tiñendo aquellas nubes claras en oscuros mantos cargados de agua, luego se marcharon. Desde el suelo, que ahora ocupa nuestra vivienda, también brotaba agua, mientras el piso permanecía seco por completo, el interior del techo estaba empapado.
Día 28
Soy Augusto, escribo esto por si alguno lo encuentra por ahí, le mando un fuerte abrazo de mi parte a mi mujer Carolina y a mi amada hijita Consuelo, las amo mucho, las extraño, ya veremos con el profesor como diablos hacemos para salir de acá, bueno, las amo, adiós, Augusto.
Día 29
Fue una experiencia única ver llover desde la tierra al cielo, pero me atemoriza pensar en la idea de una tormenta eléctrica. Me pregunto. ¿Cuál seria el efecto provocado por nuestra presencia en un sitio donde las leyes físicas discurren en un sentido opuesto al que nos movemos nosotros?. Aún no visualizó esos alcances, pero el efecto en alguna parte tarde o temprano se verá. ¿Y que consecuencias traerá aparejadas esas acciones sencillas?. Como la de comer un fruto, cortar una rama o simplemente mover ciertos objetos de lugar; justamente en un terreno donde nunca tendríamos que haber existido.
Día 30
Hoy se cumple un mes desde nuestra llegada, hemos perdido peso corporal, aunque estamos bien de salud, nuestra dieta baja en calorías y grasas muestran su eficacia reductora. Debo arrojar esta segunda botella, aún nos queda otra más, Augusto se muestra insistente con que despache este mensaje para su familia, el pobre se ha tomado tan a pecho ésta posibilidad remota, que la interpreta como un despacho urgente por correo, sin siquiera barajar la posibilidad de un destino errado y a la deriva por años de estos mensajes. Esto último no se lo diré.
Repito, por si esta botella tiene mejor suerte; somos dos personas que se han extraviado en. . .
La siguiente página era reiterativa leerla, mencionaba los datos de probable ubicación idénticos a los mencionados en el primer mensaje.
Esa noche, entre el vino que no acostumbraba a beber en demasía y esas notas venidas del mar; hicieron de esa madrugada una calamidad sin descanso. A la mañana siguiente decidí que era demasiado enorme aquel secreto para morir en mí silencio. Marché luego del desayuno resuelto hacia el despacho de Charmot; con la clara convicción de compartir aquella carga de responsabilidad sobre la vida de esas dos personas con alguien.
Mi fraternal Walter quedó absortó ante esas letras y al igual que yo; una sombra de tristeza le abrumó el rostro. A decir verdad noté que apenas pasó su vista por las escrituras, sin profundizar demasiado en ellas. Me ordenó hiciera copias, se las dejara en su escritorio, y conservara los originales para mí.
A pesar de los recursos económicos con los que él contaba; resultaba inútil una búsqueda por aire o mar, poseyendo datos tan imperfectos, y mucho más inverosímil implicaba poner en práctica titánica búsqueda después de quince años de lo acontecido. Fue por ello que ni le mencioné dicha idea.
Durante esa semana, recorrí palmo a palmo cada sector de la playa; faltaba la tercer botella que el manuscrito mencionaba; ésta no aparecía.
A partir de aquí, los sucesos se tornaron oscuros. El señor Stanley se apersonó en esos días y tras una extensa reunión a solas con Charmot, de la cual no participé; pero sí con posterioridad, me enteré de algunos resultados de la charla que ambos mantuvieron. Mi novela había sido reemplazada por aquella otra historia, como argumento valedero del nuevo film dirigido por Stanley. Con lo cual recibí las disculpas del caso por parte de Charmot. Argumentó una cuestión de fácil comercialización del producto, frase que, no me resulto dificultosa adivinar, como esgrimida por el propio Stanley, que era un entendido en la materia.
Mi presencia ya no-tenia asidero, me despedí con saludos poco efusivos; continuaba con la molestia propia de la situación de adiós al mundo del cine, y de una condición tan abrupta y repentina que no me permitió ningún tipo de disimulo en el estado de ánimo.
Había despachado el equipaje en el embarque del aeropuerto de Kemps Bay, donde abordaría un pequeño charter con destino a México, para más tarde regresar a mi país de origen, Argentina; claro que la travesía la efectuaría sin encanto alguno, sólo la recorrería mordiendo el polvo de la derrota y el fracaso. Había sido bello soñar un mundo de estrellas, pero no podía quejarme, era injusto hacerlo, no muy lejos de allí otros dos hombres vivieron, o con mucha suerte vivían (no me atreví a aseverarlo), una realidad mucho peor a la mía; la soledad y la prisión de un aislamiento no deseado. Una libertad tan enorme, que la imaginé un claustro demencial, con fronteras naturales del abismal océano.
Aún faltaba cuatro horas para el vuelo, decidí entonces dar un paseo por los alrededores, recorriendo un poco el pequeño y pintoresco poblado de Kemps Bay.
Luego de una hora de caminata, me detuve en un típico bar céntrico (se notaba a la ligera ser el más popular y asistido del lugar). Pedí una comida sencilla y un aperitivo. Junto a la mesa que escogí, dos lugareños conversaban animosamente sobre la pobre y estática economía de la isla. Yo dominaba fluidamente el idioma inglés, por lo cual, no me fue nada difícil seguir la trama de una conversación ajena, pero interesante.
El más joven de ellos se quejaba sobre como resolver su cuestión económica, hablaba de un crédito otorgado y el problema de las plantaciones que, ese año no redituaban lo necesario para cubrir las obligaciones monetarias contraídas. El más viejo, apenas lo interrumpió; con el afán de darle ánimo, recreó a modo de ejemplo, lo errante y cambiante del destino. El joven dejó que el otro hablara y ese fue mi castigo o mi bendición; no termina de estar claro aún. Con el tiempo descubriré el paño que obstaculiza el uso de mi balanza personal, para ponderar esa suerte. O tal vez no lo haga nunca.
El viejo se quejó por espacio de al menos diez minutos, sobre la injusta ponderación de su oficio de cartógrafo y escritor, que por esos días, eran excentricidades de hobbista, más que oficios dignos de valoración. Maldijo a las computadoras, la tecnología de la nueva era y auguró tempestades de oprobios hacía toda forma de adelantos, haciéndolos directamente responsable de la falta de trabajo y la desaparición de muchas ocupaciones laborales, incluido obviamente la suya.
Mientras disfrutaba del almuerzo no dejaba de prestar atención a una charla desenfadada de dos extraños que, ni miras tenían de cuidarse en sus modos.
Allí fue cuando el anciano comentó su giro personal en la danza de la fortuna con el cual el destino lo gratificó, y estoy seguro, lo hizo con el único objeto de levantar la moral del joven. Así le ilustró que, diez días atrás, un tal Marcos, se presentó como empleado de la mansión Charmot a su casa, se apersonó con un encargue demás extraño, debía escribir unos apuntes en hojas tipo papiro y asemejarlos a escritos antiguos, el trabajo debía copiarse textualmente sin el agregado ni omisión de ninguna palabra, tal cual como se lo leía en los apuntes de un tal Stanley. Además, ser separados e introducidos en dos botellas con un cierre especial que también eran detallados en la nota mencionada.
El viejo comentó que, apenas pagó unas monedas por la confección de dos botellas artesanales de la propia mano de un tal Colins; éste trabajaba el vidrio de manera soberbia, y vendía sus chucherias de cristal en la feria artesanal del poblado los domingos.
El anciano entusiasmado con su vivencia instruyó también que; casi el tonto de Colins, arruina todo el encargue: El artesano, acostumbraba colocar su sello de marca en el vidrio fundido y eso mismo le había hecho en las bases de las botellas, se leía Colins Inc. El joven miraba perplejo el rostro de felicidad del anciano; éste no escatimó en contarle, además, que aquel trabajo lo mantendría por dos años sin problemas monetarios.
El cartógrafo continuó su relato exaltado y ajeno al seguimiento disimulado que, le otorgaba a los pormenores de esa charla. Agregó dándose corte de ello que, por primera vez en su vida pisaba fastuosa mansión, personalmente debió presentar el trabajo, allí fue donde Charmot, en persona, notó los sellos grabados de Colins Inc en el vidrio, pero ya era tarde para corregir ese error. Así que le ordenó, esa misma noche, depositar ambas botellas juntas en la orilla del mar de su playa privada.
Mi comida ya no pasaba por mi boca, ahí mismo en la mesa de un modesto café de Kemps Bay, comprendí, para ser más exacto, aprendí que, los millonarios también se equivocan, a diferencia de lo que pensaba antes, sólo que poseen el recurso económico para disimular sus errores y de ese modo no permiten ser descubiertos.
El film de Stanley sobre los manuscritos de las botellas tuvo un mediano éxito comercial, luego de un año de filmación. Detrás de un gran éxito, algunas veces hay muchos fracasos, pero como dije antes, casi no se los ve, aunque ellos no saben, yo tengo una visión distinta de los acontecimientos.
Me pregunté mil veces si no era más sencillo informarme que mi novela había sido reemplazada por otra escrita por el mismo director Stanley, pero claro, eso conducía al reconocimiento de un error en la determinación de un millonario y como todos sabrán, ellos nunca deben errar. Menos dar su brazo a torcer.
Lo que ambos desconocen, me refiero a mi ex amigo Charmot y el señor Stanley, es que; las botellas halladas en la playa aquel día, no tenían ninguna inscripción y también ignoran que, su película nada tiene en común con el argumento de los manuscritos que guardo en mi poder. Las copias que Charmot me solicitó esa mañana, más tarde comprendí, las debe haber destruido sin leerlas, ya que apenas las necesitaba como excusa para justificar el cambio de libreto de la película. Otro error del genio millonario, si las hubiera leído. . . ¿Quién sabe?. Todo hubiese sido distinto.
También son ignorantes de una cuestión mayor. Aquella tarde, no abordé el avión hacía México; a cambio de ello, me remití a rentar una habitación en un pequeño hotel del centro de Kemps bay, con un único objetivo, encontrar la tercera botella mencionada en los escritos. Patrullé a pie, durante algunos días la playa. Una mañana la encontré.
Hoy, rememoro en imágenes desordenadas por el paso del tiempo las postales de aquellos días. Ya han pasado seis años desde entonces en la casa de Charmot y algo más de veinte del extravío de los dos hombres.
Es tres de febrero del año dos mil uno, (al menos eso creo). No es un día como los demás, es mi cumpleaños y me encuentro en la más absoluta soledad, mi vida ha cambiado drásticamente desde entonces. Un descreimiento supremo hacía la sociedad y sus miserias cotidianas terminaron por asquear mi espíritu. Me he recluido por voluntad propia y para satisfacción de mi sentido de justicia.
Mientras acabo de escribir estas hojas, me pierdo en un paisaje privilegiado tras la pequeña ventana de la casa, que por cierto, más de uno envidiaría.
El último envase que hallé en la remota mañana de Kemps Bay estaba vacío, lo conservé todo este tiempo con el debido respeto, ahora soy yo quien arroja al mar de las suertes el mensaje, sujeto a la intención de un destino romántico y no como una necesidad de rescate auxiliador. Después de todo, no estoy tan mal; lejos de los vicios de una sociedad injusta y mentirosa, permanezco restando días en un almanaque imaginario y los restos de dos náufragos, sentados a la mesa, me hacen eterna compañía en este día tan especial.

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