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Se le antojaba a Ulises, hijo de Laertes y monarca de Ítaca, sobremanera desabrido y mohíno contemplar cada vez más distantes las ocres agrimensuras de su patria. Atrás quedaban los acogedores aposentos estufados por el fámulo con lumbre de carbas, la protección de los amables penates, las melismas de las aves matutinas y los sorbos de leche fresca, para desayunar, en una jarra de barro de Paros vidriada en el cuello con plombagina tracia. Rogó a los vientos que le fueran propicios y ataran sus sandalias con nudos bien aguisados mientras posaba la vista en el Panerón coronado de nubles blancas, humo carbonero y el paso nervioso de los malvises. Se diluía el rumor de la despedida, con ecos de cornamusa y atambor, para mezclarse el susurro de las olas con los términos de marinería, velas y maniobras, y algunos obscenos, que pronunciaban los cefalenios, los de Ítaca y su Nérito, los de Crocilea y Egilide, los moradores de Zakinto y los que vivían en Samos, todos arrojados mareantes y guerreros mandados por el laértida. La suave brisa de la mañana, vestida por vórtices de gándara y malva, ahormaba su vuelo bajo los celajes con pertinaz barlovento por el lado en que las Pléyades alcanzan el crepúsculo. Era ruta de apenas dos aguadas, una argólica y otra tesálica, por los largos días del favorable mayo, abierto el celeste camino por donde llegaban a Ítaca las golondrinas y las codornices. (Por los días de san Pascual Bailón, que es meridiano mayo, los tres cabos de Grecia despedían fértiles navegaciones entre los ecos fatigosos de las celeusmas). Navazos de espuma rizaban el mar por el que las cóncavas naves morosamente iniciaban la ida hacia Troya. Nada más tuvo parto el viaje, luego de izar el mástil, descoger el velamen y colocar cada uno de los aparejos en su sitio, Ulises, acodado en la amura de babor y murmujeando con el heraldo Euríbates, vio desaparecer bajo virutas de agua la silueta de su cantarina nación...Ulises contempló, desde uno de los ventanales, la luna llena de marzo, llamada Luna del Cuervo o Luna de la Savia. La Luna estaba en perigeo, su punto más próximo a la Tierra de todo el mes. Cuando el perigeo ocurre cerca de una luna llena o nueva, las zonas costeras tienen mareas excepcionalmente altas y bajas. Pero el de Ítaca estaba muy lejos de la costa. El absorbente silencio de la biblioteca presionaba en los oídos. El laértida presentía tras los severos muros de la enorme sala el discurrir moroso del Sena ciñendo la jocunda planta de Notre Dame. Volvió la mirada sobre el libro que tenía abierto sobre la oblonga mesa de caoba, un ejemplar de "La infinita creación del Universo" de Logan Higgins: Ibn-al-Arabí dixit: " La superioridad del sabio humano sobre el sabio de los genios consiste en que el primero conoce el secreto de las transformaciones y las virtudes esenciales de las cosas. " E ilustra esta superioridad con un pasaje de la historia de Salomón y Balkis que recoge el Corán: "Salomón dijo a los suyos: ¡Oh, señores! ¿Quién de vosotros me acercará al trono de la reina de Saba? (Era de oro y de plata, de veinticinco metros de longitud, doce de anchura y diez de altura y estaba rematado por una corona gigantesca de piedras preciosas). "Seré yo -respondió un efrit de los djinns-. Yo te lo traeré antes de que te hayas levantado de tu sitio. Soy lo bastante fuerte para esto, y fiel." Pero el que poseía la ciencia del Libro dijo a Salomón: "¡Yo te lo traeré antes de que tu mirada vuelva a ti" Y cuando Salomón vio el trono colocado delante de él, dijo: "Es una señal del favor de Dios." Según Ibn al-Arabçi esta historia es "una de las más turbadoras del Corán". Y a continuación la explica (nótese que en esta narración Salomón actúa por medio de otra persona. "El que tenía la ciencia del Libro" es, según Ibn al-Arabí, el visir del monarca hebreo, Asaf Ibn Barjiyá. Pero el beneficiario de su poder es, en definitiva, Salomón): "En el mismo instante en que Asaf Ibn Bariyá hablaba de aquello se realizó su operación, y Salomón vio el trono de Balkis colocado delante de él. El Corán lo precisa con estas palabras para que nadie se imagine que vio el trono en su sitio, en el reino de Saba, sin que hubiese sido trasladado. Ahora bien, no existe en este mundo el desplazamiento instantáneo, pero la desaparición del trono y su nueva manifestación se produjo de una manera que sólo puede saber aquel que la conoce. La coincidencia de la desaparición del trono de su lugar de origen con su reaparición junto a Salomón se debió a la renovación de la creación 'por cada soplo'. Nadie conoce el poder de que se trata, pues el hombre no se da cuenta espontáneamente de lo que no es y vuelve a ser 'a cada soplo'. En 'la renovación de la creación a cada soplo', el instante de la aniquilación coincide con el instante de la manifestación del semejante. Asaf no tenía otro mérito que el de haber trasladado la renovación incesante de la forma del trono cerca de Salomón. Por consiguiente, el trono no fue transportado a través del espacio y su dislocación no anuló la condición espacial, si se comprende bien lo que queremos decir." Intentando comprender a al-Arabí podemos concluir que el poder de Salomón tiene origen en su conocimiento de las estructuras mismas del mundo. "Si te expusiéramos -termina Ibn al-Arabí- el estado espiritual de Salomón en toda su plenitud, te sentirías sobrecogido de terror. La mayoría de los sabios de este camino espiritual ignoran cuál era realmente el estado de Salomón y su rango. La realidad no es como ellos suponen."Al reencontrarse con las calles aspiró una bocanada de aire y comenzó a caminar sin rumbo. Se había pasado la tarde en la Madaleine creyendo haber encontrado un entorno familiar, sin embargo, se había turbado con las imágenes de dioses tan extraños que contenía el templo. Todo en aquel paisaje urbano se le antojaba hostil. Desde hacía aproximadamente un mes vagaba por la ciudad. Había aparecido en las Tullerías transportado, no sabía cómo, desde su nave con rumbo a Troya. La policía le había tomado por loco y luego de alojarlo en un albergue para indigentes y alcohólicos le he facilitaron aquella extraña ropa y le dejaron marchar. Necesito, se decía, que en la renovación de la creación a cada soplo alguien me deposite de nuevo en mi mundo.Ulises pensó que lo mejor era tranquilizarse. Se acodó en uno de los puentes que a horcajadas se alza sobre el Sena y fijó su mirada en las aguas garzoverdes que transitaban parsimoniosamente. Si el momento de la aniquilación, comenzó a cavilar, ha de coincidir con la manifestación del semejante porque el universo estalla y se reconstruye a cada instante, esto no puede privarnos de nuestra propia naturaleza. No puede impedirme que luche en Troya y que, si no he de morir allí, vuelva a los brazos de mi esposa y al trono de mi reino. El universo habrá de reconstruirse a cada soplo con todo aquello que en cada lugar le sea propio, no puedo, por tanto, destruirme y desaparecer en un lugar que no me corresponda porque iría contra las propias leyes del universo.Comenzó a caminar confiado y alegre. Pronto estaría en su nave sintiendo el bondadoso céfiro en su cara y empuñando la hermosa espada de bronce tartesio. Penetró en la estación de la Ópera del metropolitano y esperó tranquilamente en el andén. Cuando vio que el tren se acercaba se tiró a las vías. El universo se renovaba a cada soplo. Todo estallaba y se reconstruía a cada instante. Allí estaba el cuerpo mutilado de Ulises, en el lugar que le era propio después de cada renovación: una estación del metro de París. Varios días más tarde la policía comunicó al hospital psiquiátrico de Lyon que, al parecer, había aparecido en tan dramáticas circunstancias el interno cuya ausencia habían denunciado varios meses antes. El director del psiquiátrico notificó a la policía de París los efectos personales del suicida por si localizaban algún familiar que pudiera hacerse cargo de ellos. Dichos efectos eran: una brújula, varias cartas marinas de diferentes épocas y las obras completas de un poeta griego llamado Homero en dos tomos, uno conteniendo los himnos y otro con el poema épico-burlesco llamado la Batracomiomaquia.
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