Es innecesario que yo en estos momentos proponga mi verdad del suceso tal cual la entiendo, pues el hecho extraordinario en sí mismo daría para muchas interpretaciones confusas, falsas o inconscientes, y hasta tanto no tenga otras revelaciones y practique investigaciones más exhaustivas y profundas, me remitiré a lo acaecido antes e instantes después de:


        Desde el primer momento que dispuse comprar la mansión, me advirtieron de los hechos extraños que le suceden a quien siendo su flamante dueño pasa -y hubo varios antecedentes en su historia- la primera noche. Incrédulo en lo que atañe a fantasmas, brujas, espectros, duendes y toda esa gama de imaginaciones inventadas, maquinadas por los propios humanos, dirigidas a inadvertidos e inestables, como medio, entre otros, de evasión de un mundo supuestamente angustiante o rutinario, no tomé en cuenta las advertencias. Y así como hacían llegar a mí aquellas palabras pretendidamente objetivas de hechos catalogados como sobrenaturales e increíbles por sí solos, se iban bajo el influjo de un deslumbramiento -algunos me decían que era el principio del encantamiento- que producía en mi la adquisición de la majestuosa mansión de imponentes muros y terminaciones intactas en conjunción de estilos, eclecticismo, demostrando la grandeza que le impuso su creador. Una mansión con más de 90 años conservada impecablemente, que en el Siglo pasado tuvo tan sólo cuatro o cinco dueños, y como todo objeto que tiene su pasado oculto a nuestras vivencias, sobre ella se tejieron historias fantasmales que rechacé de plano, y hasta reí ante tan grandes imaginaciones. Desde el momento que la ví y visité, dispuse de todos mis recursos para adquirirla, además las facilidades que proporcionaba una conocida inmobiliaria Puntaesteña, hacían más alentadores mis sueños.


        De verdad me fascinaba. El lugar casi solitario y agreste, pero cerca de Punta del Este y, sin embargo, uno podía sentirse allí solo en el mundo, entre sus enjardinados, sus árboles sombríos, y el aspecto de imponente llenándola de secretos, dando la impresión que se hacía más misteriosa a medida que anochecía, era como si las sombras la guardaran en su profundidad. Enclavada en una prominencia del terreno que la destacaba como un palacete en miniatura, contaba con un semi-subsuelo y dos pisos coronados por un mirador en donde todo era comodidad, con una visual límpida a un amplio paisaje de ensueño, sobre todo al caer el Sol tras un pinar, viendo sus últimos reflejos apagándose en las aguas mansas de un riachuelo vecino. En otra panorámica estaba Punta del Este alzándose imponente ante los últimos resplandores, teniendo vida en sus reflejos latentes, vítreos, guardando su claridad para las noches luminosas cuando parece más lejana, más juguete desde el mirador con sus luces intermitentes, cambiantes, conjugándose en las aguas y en el cielo, llamando a su vida.


        Cuando por fin decidí cerrar el trato me acompañó Luciano, amigo de la familia, que en el viaje me contó la más particular anécdota que tenía sobre la casi centenaria mansión.


        "Por los años veinte -me empezó a contar-, un acaudalado joyero muy conocido en la Capital por aquel entonces, compró el caserón, y al otro día fue encontrado con el cráneo destrozado a un costado de la estufa a leña aferrado a un atizador que jamás se supo contra qué o contra quién pretendió usarlo. Todo estaba en desorden, todas las salidas cerradas por dentro. Sus familiares en la imposibilidad de abrir alguna puerta o ventana, optaron por denunciar el hecho a las autoridades, quienes procedieron a violentar una ventana lateral, encontrándose con el macabro hallazgo. ¿Sabes cuándo demoraron en venderlo después del incidente?


        No esbocé ningún gesto ni contestación y me limité a esperar.


        -¡Diez años! -dijo tratando de sorprenderme.


        Por primera vez me estremecí, parecía un testimonio y comencé, desde aquel instante, a interesarme por la historia del caserón. Hasta la forma despectiva de mencionarlo Luciano se me quedó. Traté de recomponerme y me rectifiqué denominándola lo que era y nada más: una mansión.


        Luciano -que al parecer se había instruido para hacerme desistir de la adquisición, seguramente en complot con mi esposa-, al notar en mí un interés incipiente una inquietud repentina, comenzó por el principio. Me contó que un hombre trabajador y emprendedor, artesano total por naturaleza, conceptos y experiencias, decidió realizar una mansión en terrenos no fraccionados que había heredado de sus padres en el hoy Departamento de Maldonado. A pesar que la empresa sobrepasaba sus recursos, le imprimió a sus deseos 15 largos años, con sacrificios elocuentes, volcándolo todo a su sueño y a su ideal. Se cuenta -siempre según referencias de Luciano- que aquel talabartero, constructor, orfebre, empresario, invertía hasta el último centésimo en la mansión. Él mismo transportaba desde Montevideo los materiales y a los obreros que intervenían en su obra. Y el final de la primera historia fue, cuando los que serían su personal doméstico en la mansión, le entregaron las llaves al constructor y dueño. La obra había culminado. Quiso gozar el instante de verla reluciente, complaciente, y por todo eso había dejado de trabajar, de visitarla la última semana, quería ver su obra en toda su plenitud concluida. Cuando desde Montevideo llegó, se acercó lentamente y la contempló regocijante, desbordando de felicidad. Pero cuando dispuso la llave en la puerta principal para traspasarla y admirarla, un ataque al corazón lo fulminó. No llegó a girar la llave, ni siquiera a tener la primera impresión interior ambientada, amueblada, luminosa de su Obra Mayor, de su anhelado sueño hecho realidad.


        Aquellas palabras me resbalaban por dentro, me armé de valor y no vacilé colocándome en actitud arrogante desvirtuando lo que catalogué de "Leyenda antojadiza" y creada posteriormente. Luciano me invitó a consultar la prensa de la época, y lo rechacé sonriente. Le dije no sé que cosas sobre el tratamiento novelesco, que a hechos vulgares, daban aquellos periodistas vocacionales de enjundiosa imaginación. En realidad una idea terrible se había metido en mi cabeza y comenzaba a dar vueltas, me veía solo, sin ayuda, cercado por un silencio cómplice quebrado quien sabe en que momento y porqué hecho en tan apartado y solitario sitio. Igualmente rehice mi actitud y postura ante un atento Luciano, y me mantuve firme en mi determinación. No di un paso atrás, solamente fue un lapsus en que me sentí asaltado por un vago temor a lo desconocido, desvirtué una vez más las habladurías y reté a Luciano a que me atrevería a pasar la primera noche completamente solo. Con esa actitud yo mismo, al final, quería convencerme definitivamente de que aquellas misteriosas y tétricas historias eran meras presunciones falsas.


        La primera noche de los últimos dueños fueron muy comentadas. Siempre algo extraño sucedía, se habló de apariciones, de golpes en las puertas y ventanas, que alguien entraba (esto en todos los casos), de imprevistas como tempestuosas tormentas desatadas tras un día espléndido, y aquella muerte inexplicable y aún extraña. Luciano me lo hacía ver todo con lujos de detalles, y yo le replicaba que todo era inventiva, en complicidad con su ingenuidad, pero lo cierto era que algunos de aquellos hechos habían llegado a mi por distintos medios con coincidencias aparentes y distorsionadas, y otras reales y efectivas.


        El trato lo cerré de todas maneras, pese a las últimas y casi suplicantes frases de Luciano para que desistiera de firmar el contrato. Después de estampar mi última rúbrica, una relampagueante curiosidad me invadió sintiéndome feliz por llevarles la contra a todos mis amigos y parientes empeñados en desalentar un deseo que se me había hecho carne; poseer una casa de campo amplía que me apartara de los avatares de la vida moderna, de las comodidades corrientes, brindándome el regocijo del melancólico y sutil encanto de la arquitectura de otras épocas. Y allí también el desafío a una noche, que pese a mí, había golpeado y advertido a mi espíritu, no haciendo mella aparente al obstinarme aún más a mis principios de incredulidad, como quien se aferra a una cornisa pretendiendo desconocer el abismo.


        Cuando regresé al apartamento con el sobre conteniendo el compromiso de compra-venta, Irene me recibió fríamente notando inmediatamente en mí que todo había ocurrido como yo lo concebí desde un principio. A pesar de mostrarle el compromiso siguió insistiendo, y mencionando a Luciano dándole razón de los hechos que manejó y que habían sido la historia fantástica de la retirada y campestre mansión. Por mi parte seguí desvirtuando, no dándole importancia a las referencias supersticiosas de Luciano. Al final logré que entendiera y al notar, que sus palabras no surtían efecto, ya no tenían razón contra las mías, sonrió tímidamente aprobando la compra. Igualmente me advirtió que no pasara solo la primera noche. Su voz tenía un tono confuso, sus ojos no se apartaban de los míos esperando reacciones. Realicé un laborioso esfuerzo aparentando estar algo temeroso, desconfiado. Comencé a restregar las manos afanosamente, un signo evidente de mi nerviosidad, y a decirle que la primera noche la pasaría con dos amigos más, de los cuales -por supuesto- ella no tenía el suficiente conocimiento por cuanto nuestras relaciones habían sido exclusivamente en festividades y beneficios, pero no en el círculo más íntimo. Esto fue realizado a propósito, ya que esperaba que la ubicación y posterior comunicación con ellos sería más dificultosa para Irene, y seguramente no podría confirmar si realmente "osaran" -palabra de crucigrama que mencionaba cada vez que hablaba de ellos-, pasar conmigo la ya tan mentada noche. Como ante último recurso me pidió porque no elegía a alguien más allegado, pero alegué cantidad de inconvenientes triviales que aceptó. Y por último debí esforzarme al máximo cuando ella misma -esto lo estuve esperando desde el primer momento- se ofreció para acompañarme. Y una vez más surgieron de mis frases elementales "Imprescindibles" que allí no existían -creyéndolo firmemente-, y que en aquel "dejo de castillo" -palabras de mi sofisticada suegra cuando se enteró de la compra-, no existían y no existirían por mucho tiempo. Al final se convenció que no iba a pasar solo, y una calma le entró por los ojos y le recorrió los brazos cuando tiernos los puso en mi cuello.


        Al otro día por la mañana fui a la inmobiliaria en busca de las llaves, no bien me las entregaron me dirigí raudo en mi Mercedes rumbo a la mansión. Al llegar abrí puertas y ventanas ventilando los ambientes con la matinal brisa que la acercaba el mar. Luego realicé una minuciosa revisada de luces, cerraduras, ventanas y en la recámara principal a todo su amoblamiento de estilo, lo mismo que en el estar de entrada, las únicas habitaciones que incluían muebles en la compra.


        Pasando el mediodía volví junto a Irene que me esperaba en "La Olla" para almorzar. No bien terminamos volvimos al apartamento. Dispuse en el auto cantidad de utensilios, herramientas, linternas, un reloj despertador, libros y alguna otra cosa hasta innecesaria suministrada por mi esposa, como ropa interior, que por supuesto nos hicieron reír un buen rato con las ocurrencias picarescas que surgían de tales prendas.


        Aproximadamente a las 17 horas partí nuevamente hacía la mansión bajo los pedidos suplicantes de Irene para que la llevase. Otra vez la hice desistir prometiéndole que estaría acompañado, pues de pasada levantaría a Raúl y Alfredo con los cuales trataríamos de dar "caza" al o los singulares fantasmas de una noche. Por supuesto que no pasé por lo de Raúl ni por lo de Alfredo, ya que a ambos les advertí sobre el asunto, y tomarían previsiones si mi esposa tratase de ubicarlos. A los dos les causó gracia la trascendencia y el viraje que había tomado la simple compra y habitación, en su primera noche, de una añeja mansión que siempre veían reposada y tranquila desde la ruta.


        La primera noche, y a mi pesar, ocupaba mis pensamientos, y trataba de que todo fuese previsto para no encontrarme con sorpresas casuales o no, pero que podían llegar a ser desagradables. Para estar al tanto de todo, mi última determinación -esto lo hice en viaje hacía la casona-, fue la de no dormir en toda la noche y vigilar discretamente. Esto equivalía a decir, a aceptar que estaba cediendo en mi tesitura, pero lo hacía convencido que después confirmaría consciente y en todos mis cabales que no pasó absolutamente nada, aunque sería -para mi contra y a favor de todo lo dicho por Luciano y otros-, la excepción que confirmaba la regla.


        Al llegar estacioné bajo los álamos que formaban la entrada para luego abrirse en forma semicircular rodeando el frente de la mansión. Todo lo que llevé en el coche lo fui depositando en el primer descanso de la escalera de mármol ancha y de pocos escalones, que llevaba hasta el pórtico. Una vez en el interior de la mansión, fui dejando los distintos implementos en la mesa de roble y sobre el tafilete impecable de los sillones. Enseguida coloqué más lámparas, y las encendí. Por la puerta de la cocina principal, salí al patio del fondo en busca de leña que estaba apilada junto a un viejo brocal revestido en piedra natural, cargando leña reseca y polvorienta, para luego volver, depositándola junto a la estufa. Después llevé sabanas y una frazada a la recámara principal, procediendo a un tosco armado de la cama, y mientras lo hacía, noté que era el fin del día. Prácticamente corrí hasta el mirador, una vez más no pude sustraerme al encanto sublime, al espectáculo de una puesta de Sol única y grandiosa. Cuando la oscuridad total era inminente, con animosidad inusitada cantando algún tema de Chico Buarque, bajé las escaleras tenuemente iluminadas. Ya en el estar, encendí los leños que instantes antes había acomodado pacientemente en el hogar. No hacía frío ni calor, estaba templado, una típica noche de los primeros días de diciembre, de temporada puntaesteña, que recordaba tempranamente agitada y febril. Me senté en el amplio sofá de confortables almohadones, a contemplar el chisporroteo de los leños encendiéndose, y la luz súbita que emitían produciendo, con los relieves de las trabajadas molduras, dantescas sombras sobre las paredes y cortinados. Había llevado libros teniendo la previsión que no contuvieran temas que pudieran afectarme la imaginación. Eran novelas rosa de mi mujer. No pude leer siquiera una carilla, cuando comencé a trazar un plan en mi mente: "Estaría allí sentado o caminando hasta la media noche, antes, alrededor de las 22 comería empanadas que había comprado en un parador. Después de cenar, volvería a sentarme en el sofá para leer. Cómodamente leería, y de vez en cuando removería las brasas hasta que el reloj de pared diera las doce campanadas. En ese preciso instante, colocaría los últimos leños, apagaría la luz, subiría a la recámara para acostarme. Quizás leyera otro poco. Eso sí, al acostarme lo haría boca arriba, era la única forma, estaba seguro, que no me dormiría. Había pensado en dejar una lámpara encendida, porque de la pluma de una gran escritora del siglo diecinueve, había surgido que: "las luces no ahuyentan ni esconden a los fantasmas" -si existieron o existen, agregaría yo-, pero no, los fantasmas si son, son nocturnos, y la primera noche en la mansión debe transcurrir en forma normal. También podía haber programado una fiesta, o disponer de música hasta que amaneciera, pero lo esencial para mí, era pasarla en la recámara, y dejar todo sumergido en la oscuridad, en el silencio".


        Después de cumplir al pie de la letra con aquellos pensamientos, me encontraba en la cama tratando de no cerrar los ojos. Bajo la almohada había colocado el 32 corto, no sabía de que podía servirme pero allí lo notaba cerca de mi cabeza. Los leños se estaban consumiendo, apenas una tenue luz llegaba desde el amplio estar. Instantes después desapareció el resplandor, ni escuché más el chisporroteo y fue, en ese preciso instante, que un sonido estridente a pocos centímetros de mi cabeza me levantó en vilo con el corazón en la boca. Era el teléfono. Conversamos rato con mi esposa. Quería hablar con Raúl o con Alfredo, y yo le replicaba que estaban durmiendo, "Mañana hablarás con ellos...". Después que Irene cortó, por primera vez una calma casi sepulcral se adueño del lugar. La luminosidad por las ventanas era ínfima. Cuando entraba en sopor y temía dormirme -eso fue tres o cuatro veces- me sentaba en el costado de la cama, y estaba así unos minutos. No puedo aún explicarme la ansiedad que me atrapaba, no sabía si estaba realmente despierto o en estado de ensoñación. Esperaba, el silencio se había hecho negrura, y también esperaba. Esperábamos que un ruido nos sobresaltara, rompiera con su sonoridad la quietud. Cuando lo sentí, afiné el oído. Dudé en levantarme. Segundos después lo hice, y me deslicé suavemente sobre el piso alfombrado: Mis sentidos estaban más atentos a que no chocará con algo, que a la dirección de aquel sutil, persistente ruido mecánico. Al tantear el marco de la puerta de entrada al dormitorio, me detuve. Inmóvil, con las manos crispadas, y casi en puntas de pie quedé contra el marco. Era en la puerta de entrada:


        ¡Alguien forcejeaba la cerradura!.


        Notaba mis manos nerviosas, sudorosas. No me decidí a encender la luz. Pretendí ir en busca del arma, pero no lo hice. El silencio volvió a reinar. Debió haber sido mi imaginación, pensé en aquel momento. Seguí contra el marco. Luego caminé dos o tres pasos, tocando apenas la pared, rumbo al estar. La oscuridad era casi total. Me coloqué a un lado de la puerta de entrada, y noté un leve movimiento lento, lento, de vibración en la estructura de la puerta conformada con madera dura de 3 pulgadas. Me arrimé a la pared -era consciente-, y traté de apoyar las manos, pero nunca llegaba, era como si la pared no estuviera o que mis manos me faltasen. Llegó un momento en que mi cerebro daba órdenes, insistía, pero mi cuerpo "no estaba". Los únicos que seguían abiertos, hurgando, eran mis ojos. Tenía la total convicción de mis pensamientos, y no estaba sobre nada, no tocaba nada, mi alrededor no estaba delimitado. Buscaba en la oscuridad, mis ojos parecían absorber la poca luz desprendida de unos huecos marcados uniformemente: las ventanas. Repentinamente algo pasó a mi lado de formas humanas desdibujadas, algo reflexivo, quizá transparente que ya iba en medio del amplio salón. No podía definir si estaba con vestimenta o si esas formas cambiantes eran su propia conformación. Sin importarle si había muebles por delante, iba rumbo a las habitaciones desoladas de la parte superior, ascendiendo por las escaleras a una velocidad sorprendente.


        Me repetía que no podía ser que mis ojos estuvieran solos, y los otros sentidos y mi cuerpo, no integrados. "No estaré paralizado" -me repetía interiormente, sin encontrar respuesta a algo tan alucinante.


        Cuando aquella cosa bajó bruscamente, sentí el tiempo detenido, la realidad suspendida. Ya en la planta baja, entró al salón contiguo a la sala principal. Sentí que caían cosas, fue entonces cuando comprobé que oía. La idea que estaba paralizado, ante la aparición de otro sentido, comenzó nuevamente a abarcar mis pensamientos ante la total indefensa que estaba sumido, y mi posterior destrucción, seguramente, por tan extraño ser. No podía intentar nada para desvirtuar la pesada y terrible depresión de mi espíritu, comprimido por el próximo desenlace.


        Cuando pasó a la recámara principal a través de la pared, sentí que caían cosas, pero lo que realmente me confundió, fue cuando:


        ¡Oí una voz pidiendo auxilio!


        El primer momento fue de desesperación al sentir aquellos gritos desgarradores aclamando a viva voz auxilio, y yo colocado al borde de una desenfrenada esquizofrenia ante la imprevista situación, en donde era parte interviniente, integrante pero sin poder defenderme ni defender a quien estaba en serios apuros. Aún más desconcierto cayó sobre mí, al notar que era mi propia voz nítida y natural. Me registré mentalmente en forma fugaz, sin poder encontrar respuesta. No podía hacer nada, era la conclusión. De repente aquello blanco, bruñido, que no estaba suspendido en el aire, volvía derecho a la puerta dispuesto a irse. Siguió mi voz suplicante llegando a mis oídos. Si hubiera podido moverme, sería para irme de aquel sitio absurdo, pero ya era demasiado tarde, aquella cosa se me venía encima, me encontraba en su camino y me envolvió algo blanquecino formado por millones de puntitos estrellados, una conformación licuosa de repugnante y abominable putrefacción. Mis ojos palpitaban, estaban saltones, eran como una herida abierta hecha por un filoso cuchillo en plena carne, de la cual brotaba abundante sangre. ¡Estaba mirando mis ojos!. Y eso blanco que me envolvía, me chocaba detestablemente rompiéndose en mis retinas, y veía renacer para volver a chocar y desintegrarse nuevamente.


        Repentinamente mis manos. Sentía mis manos deslizándose por la pared. Al mismo tiempo sonó una estridencia que taladró mis oídos.


         -¿Qué es ese ruido? -me preguntaba sorprendido.


        Ya mi voz había dejado de gritar desde el cuarto, y aquello blanquecino desaparecía, se esfumaba. Estaba de pie frente a la puerta de entrada completamente cerrada. Y otra vez aquel sonido tremendo, indescifrable para mi mente confundida, resonando infinitamente en mí, como una pirueta en salto mortal, sin encontrar jamás la red protectora. En un instante, cuando mis palmas destaparon mis oídos y se abrieron mis ojos cansados, la primera claridad del día comenzaba a estampar sus colores en los muros y la realidad volvía a colocarse en su sitio. Era el teléfono el que sonaba insistentemente, corrí como si aquel sonido hubiese sido el salvador, el que me libró de una horrenda pesadilla. Levanté el tubo bruscamente, la voz inquieta de mi mujer, con un tono nervioso y enérgico:


        -¡Hola!...¿Hola? Un hola interrogante.


        No me salían las palabras. Dejé el tubo y corrí prácticamente hacia la puerta principal, la que seguía cerrada. Recorrí el estar con una mirada escrutadora. Volví al cuarto mirando fríamente el aparato negro. La voz desesperada de Irene me sacó del sopor, de los pensamientos rebuscados.


        -¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -le oía repetir. Su voz era angustiosa e insistente.


        -Nada, estoy bien, bien -le contesté tranquilizando y recomponiendo mi voz-, porqué debía de pasar algo, fue una noche tranquila, si te dijese lo contrario, ¿me creerías?...

 

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