Hay un único punto en el cual mi mente se deposita a través del lento y tenaz discurrir del tiempo. Usa como puente la línea recta que mi mirada describe en el espacio uniendo mis ojos y el techo.
Ese punto, viejo y misterioso, es vecino del rincón más distante de la habitación, puedo verlo a través de densas telarañas que hace algunos años no estaban y que hoy me separan progresivamente de mi única conexión con la realidad.
Ese punto es la cadena que me retiene en este plano, pero se debilita. Cada año es un nuevo eslabón, cada eslabón me aleja del punto. A veces en sueños pienso... y siento que el siguiente plano se acerca.
El punto no tiene nada de particular, lo único curioso que tiene es que es real. Quizá sea un defecto en la mampostería o una mancha, jamás lo supe, no puedo acercarme. El resto del techo es igualmente real pero mirarlo me resulta muy aburrido. De él pende un colgante con una modesta pantalla amarilla por los años (yo la conocí cuando aún era blanca) y una lámpara que me pide tímidamente permiso para iluminarme.
Esa tenue luz me envuelve hace varios años, tantos años como no siento el Sol en mi piel y el viento en mi cara.
La lámpara se mueve según como la mire, frecuentemente me eriza la piel el hecho de mirarla por un largo tiempo y cuando apenas desvío mis ojos la lámpara se mueve en esa dirección como exigiendo contener mi mirada.
Los años (mi mente) dieron vida a mi lámpara.
Pero la lámpara no es mi objeto preferido de mi habitación. Si bien no puedo ver las paredes o el suelo, recuerdo un viejo sillón que estaba a mi izquierda y que tenía en su viejo estampado unas flores muy bellas, aunque sucias por las innumerables espaldas que se les habrán apoyado en los primeros años. También solía escuchar regularmente el murmullo y el corretear de una rata (al menos creo que era una rata) que me hacía saber que todavía había alguien vivo en mi habitación.
Los años me hicieron dudar sobre la existencia de una ventana en la pared de mi derecha.
El sonido de la puerta al abrirse (que no es el mismo al cerrarse) me anuncia el comienzo de un nuevo día; alguien que he elevado a la condición de dios, estira la mano y sube el interruptor haciendo brillar a mi sol artificial, que aunque pequeño y modesto, es personal. Jamás conocí a la persona que hace posible la luz en mi cuarto, nunca se ha acercado de modo tal de interrumpir la trayectoria de mi mirada hacia mi punto. No sé si será siempre el mismo, pero para mí es un dios.
La luz de mi sol artificial es mi pequeño mar en donde mi mente (yo) se siente real, existente, dueña de un lugar en el espacio. Por las noches (cuando mi dios apaga la lámpara), todo es diferente, soy etéreo, volátil y fantasmagórico.
Recuerdo una vez una lucha encarnizada entre una polilla y la araña que mora por la vecindad de mi punto. El pobre insecto alado, en su ingenuidad fue atrapado por las redes de su verdugo. La pelea duró algunos minutos, que para mi fueron días. La araña ganó mi respeto. La araña es el guardián de mi punto.
Suelo pasar días con los ojos depositados en el nido esperando que la araña se asome, a veces pienso que ha muerto, pero siempre, finalmente aparece y me mira...
Hace varios años, el ruido me dijo que la puerta se había cerrado. Inesperadamente se volvió abrir.
Mi mirada encadenada a mi punto fue interceptada por la desgarbada y descuidada imagen de Gabriela.
- ¡Es que nadie te atiende! ¡Cómo es posible!- Dijo entre lágrimas acomodándome en la cama.
- ¿Como estás?- Preguntó.
- Pasó mucho desde la última vez. Ellos me llamaron porque dicen que estás moviendo los ojos. ¿Es verdad?. ¿Podés mirarme?.

Se quedó mirándome directo a mis ojos perdidos en el punto. Permaneció en silencio mientras lloraba. Sus lágrimas mojaban mi pecho.
- Siempre esperé una llamada como la de hoy. Todas y cada una de las noches desde que estás acá he rezado por aunque sea puedas mirarme a los ojos y de alguna manera saber si estas vivo. Ellos dicen que estás muerto, yo no les creo. Pero los años siguen pasando y sé que no lo voy a creer por siempre. ¿Qué nos pasa Javier? Siempre estas presente en mi cabeza, pero acá sos sólo un cadáver...
- Ya estoy cansado... ¡Jamás has venido y me exigís que te mire! Prefiero que se pudra lo que me queda de cuerpo y permanecer como estoy... solo, inmóvil y... ¿¿muerto??- Pensé.
- ¡Mirame Javier! - Exigió Gabriela. - ¡No me obligues a pensar que estas muerto!
Inmediatamente se levanto de mi cama y posó sus labios sobre mi cálida frente.
-¡Miren! ¡Si Javier estuviera muerto su piel no estaría caliente!- Gritó al aire, sin nadie que estuviera presente (en mi campo visual) para escucharla.
-¡¿Dónde estás Javier?!- Gritó con sus ojos en los míos.
Por un momento, mientras ella estaba encima de mi, traté de gritar como jamás lo había hecho.
- ¡¡¡¡¡¡¡No estoy muerto!!!!!!!!!! - Grité, pero el grito se ahogó en mi cabeza.
Gabriela me miraba con ojos mojados. La frustración me inflamaba el cuerpo.
- Ya nadie quiere venir a verte...- Susurró en mi oído.
- Gabriela... ¿No ves que todos creen que estoy muerto?... ¡¿No ves que me estoy pudriendo año tras año?!- Grité en mi mente.
Mis ojos seguían en mi punto. Gabriela me giró un poco hacia mi derecha y se acomodó a mi lado. Mis ojos vieron la pared que hacía años que no veía. En efecto, había una ventana en esa pared, que estaba cerrada con un candado.
-¿Por qué estoy encerrado? ¿Creés que como estoy puedo escaparme?- Pensé.
- Sabía que lo de tus ojos era una vil mentira... Pero no sé... Cuando te miro pareciera que estás conciente. No lo sé, quizás sea sólo un deseo...
- No te vayas...- Pensé.
- Quizá deba rendirme y aceptar la realidad.- Susurró
Gabriela se levantó, y por su propio peso, mi cuerpo volvió a su posición original. Volvió a mirarme, se secó las lágrimas y besó mis labios.
La araña me miraba. Mi punto permanecía incólume.
Mis esfuerzos desesperados por mirar a Gabriela fueron infructuosos. Sentía que mi cuerpo iba a explotar y por fuera estaba duro como una estatua.
- ¡Gabriela! ¡Vamos de una vez! Convéncete de una vez que Javier no está en este mundo. Vaya a saber uno por donde está. Acéptalo, Javier no volverá.- Dijo serenamente alguien que no se dejó ver.
- Acercate y miralo. Sé que está conciente. Sé que sabe que estamos aquí.- Dijo Gabriela entre sollozos.

En el cuadro de mi campo visual vi que un brazo rodeaba el cuello de Gabriela y la abrazaba. Luego salió del cuadro y jamás la volví a ver.
Ya no tengo una clara conexión con esta realidad. Sé que estoy vivo, pero no puedo demostrarlo. La única relación que mantengo es visual y es con mi punto y la araña.
Mi punto es ahora mi todo, es todo lo que tengo y lo único que me retiene aquí.

Fernando Ferrero - 11 de Diciembre de 2001

 

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