La torre completaba ese gran reloj de sol que era la plaza. Su sombra se desplazaba lentamente sobre la explanada cubriendo árboles, fuentes, estatuas, niños, vendedores ambulantes, locos predicadores del fin de los tiempos, mujeres, cirujas, perros, pintores, ancianos desahuciados y seres comunes... muy comunes.
Entre estos últimos, penosamente estaba yo esperando que la sombra de la torre me alcanzara, quitándome hasta el día siguiente la poca luz que el sol me regalaba. De esa manera yo era diferente. Si..., las sombras me sustraían de la masa pululante e irritante que se arrastraba como un lagarto bajo su astro dominante.
Casi todos los días persigo al atardecer en la plaza. Me siento en el tercer banco desde la fuente central, junto a una bella estatua de un típico ángel con cuerpo de bebé y mirada perdida. Allí espero el pase liberador y purificador de la sombra de la torre que silenciosamente se acerca como una implacable guillotina para dar fin a otro día insoportablemente común. La sombra llega a mí justo cuando el sol se pierde detrás de los duros y grises edificios de la ciudad, cuando las sombras cubren la plaza para convertirla cada noche en un sórdido escenario de una obra de bizarros actores que buscan algo, no sé qué, que nunca encuentran.
Es ahí en donde yo buscaba... En un banco de plaza esperaba encontrar alguna respuesta, ¿a qué?, no lo sé... Quizá lo sepa cuando lo vea o lo sienta, pero no creo estar buscando nada que no haya encontrado otra persona antes, no soy original en mis demandas, sólo quiero saber que soy y que debo hacer para serlo bien.
Seguramente ya me habrán juzgado como un loco común (ni siquiera creativo) que busca obviedades, que trata de cerrar dudas generadas por un pensamiento general y barato, que huye de la realidad cuando puede porque no tiene el valor de enfrentarla. Sí... si ustedes lo quieren, ese soy yo, y además, para dar más razones para que dejen de leer esto, mi búsqueda es vergonzosamente pasiva.
Todas las noches estrenan una obra diversa, muchos actores son sólo señuelos para distraer la atención de la historia principal, caminando ciegos con la cabeza baja y el ceño fruncido; algunos vagan sin rumbo y se detienen a mirar la torre; otros se sientan en los bancos y fuman; otros se juntan alrededor del apocalíptico predicador que lanza vehementes gritos quizá innecesariamente; algunas mujeres se encuentran con hombres; algunos niños huelen pegamento; algunos perros se disputan el control de la plaza; yo miro y creo (tal vez soberbiamente) que estoy lejos, arriba, en otro plano, viendo cómo nadie se atreve a ver más allá de sus narices, cómo todos se conforman con una vida ordinaria, pletórica de desencuentros evitables y falsas felicidades proporcionadas por un par de trapos.
Estoy harta. No soporto ver mas estupidez. Ya todo esto se torna gracioso; a veces pienso que todo lo que mis ojos perciben está preparado para mi exasperación. Hace algunos meses atrás hundí un martillo en la pantalla de mi televisor, indignada por la perversa manipulación de los contenidos que bailan en esa caja. Hace meses estoy sin televisión; hace meses comencé a ver las cosas con mayor claridad.
No piensen que la pasividad es signo de debilidad o conformidad con el sombrío acontecer de las cosas; al menos yo no pienso así. Sólo estoy cansado, casi derrotado, frustrado por ver todos mis esfuerzos naufragar entre la poderosísima idiotez ajena, que cada vez es más y con mayor capacidad de sumar fieles. Déjenme decir algo... aquél que piense que yo soy un idiota más de la multitud, automáticamente ha mostrado su condición de miembro de la misma multitud.
A través de la alta y pesada puerta de madera caoba tallada puedo ver la plaza y saber, sin mirar el reloj, cuándo es la hora de irme. La sombra de la torre me marca la hora de salida cuando comienza a cubrir la vieja estatua de Hércules en invierno, el primer banco de la vereda ancha en primavera, el último bebedero en verano y el antiguo farol de aceite en otoño. Cuando ese momento llega, sin importarme nada, recojo los últimos libros que yacen en el mostrador y algunos despreciados en las mesas y los acomodo en sus lugares para que alguien los vuelva a solicitar. Doy unas pequeñas y poco generosas pasadas de plumero por las estanterías para que el último lector ocioso despegue su cuerpo del sillón de cuero y reclame el préstamo del libro.
Sólo luego de otros pequeños menesteres puedo salir. Dejo atrás la rutina devastadora e inevitablemente angustiosa y voy a mi diario encuentro con la sombra.
Últimamente estoy dudando de si es verdaderamente necesario para mi salir a la calle. Creo poder vivir sin contacto con el resto, con la estupidez externa, (la única que existe). No quiero discutir sobre las cosas lógicas cómo el abastecimiento o el sexo, todos sabemos que eso también se pide por teléfono. Lo importante es prever cuáles serían los efectos de un aislamiento voluntario (una cobarde huida según mentes planas y necias), de un radical cambio de visión, una profunda disección de mi vida...
Si... es eso. Estoy enfermo. El agente causal de mi padecimiento es la idiotez externa que infectó mi conciencia a través de mis sentidos y tras años de latente pero constante incubación ha conseguido destruir mis esfuerzos por comprender a la raza humana, mi conciencia social. Y como una extremidad gangrenada debo amputarla para no caer en una muerte pronta y segura.
Todos y cada uno de mis atardeceres aguardando a la sombra los dedico a dibujar la torre. Todos los dibujos son distintos ya que la torre todos los días se ve diferente. Cada dibujo encierra una nueva inquietud, un nuevo rostro de algún ocasional actor que se suma a la ridícula obra que todas las noches se levanta en la plaza. Y cada nuevo rostro es una duda, un renovado temor, un desesperado grito de ayuda.
Lo he pensado y creo que aislarme sería lo correcto.
Ya he dibujado miles de rostros con igual circunstancia, siempre con la torre en el fondo, que estoica parece ignorar el corrosivo paso del tiempo.
La autosuficiencia no es un delirio como alguna vez me dijo un idiota estudiante de no me acuerdo qué, que pretendía convencerme de que el contacto, el diálogo abierto, la discusión y el intercambio de ideas con las personas nos enriquecían y alimentaban nuestra mas arcaica necesidad. Recuerdo que lo miraba en silencio y mientras lo escuchaba me hurgaba la nariz.
Cada trazo en mi papel es un trozo de realidad. Detesto tener ese poder.
Yo soy autosuficiente, siempre lo he sido. Estoy seguro de que lo mejor sería divorciarme de esta vertiginosa locura carente de mártires llamada sociedad.
Siempre tengo la extraña sensación de que tengo dos pieles. La más interna es la piel que me recubre, la que está pegada a la carne. La externa es callosa en algunas partes, llagada en otras. Es una frontera que me separa de las demás pieles, es la que me define como persona, la que define mi triste condición de persona. Esa piel es un mapa, un detallado cuadro de lo vivido, lo encontrado y lo perdido. Esa piel es una suerte de piedra en donde sus llagas y callos, marcas y heridas hacen las veces de pinturas rupestres que a duras penas se dejan interpretar. Esa soy yo.
Al comienzo dije que en un banco de plaza buscaba lo que creo necesitar encontrar; claramente se deja ver la razón por la cual abandoné ese método de búsqueda: el contaminante contacto humano.
Hoy cerraré la puerta.

Fernando Ferrero - 11 de Febrero de 2002

 

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