Floral, te siento aquí en mi pecho,
mi destino era conocer tu lugar;
Floral, tú guardas un encierro,
del que nunca nadie te podrá sacar.

Floral
Frágil


                                                                                  

 

 

 

Entonces, la monstruosa y desagradable criatura de largas y repulsivas ancas lo recibió. Después de observar muy detenidamente las laceraciones que cubrían casi en su totalidad ese cuerpo larguirucho de aspecto desgreñado, lo miró fijamente a los ojos, y con esa voz característica, tan sombría como gutural, la cual con justa razón asemeja a una sinfonía desafinada de infinidad de dolientes y penitentes voces, masculló:
-Bienvenido.
-Guárdate el sarcasmo, flaquito -replicó displicentemente el Rata-, que este sitio no parece tan malo.
-¡Iluso! -le respondió la bestia, y resollando, agregó-: Dudo mucho que aquí la pases bien.
-Eso es lo que tú crees, se nota que no has ido a la Floral.
-Como tú digas -articuló el antropoide, meneando pérfidamente la cabeza de lado a lado y sonriéndole mórbidamente.
-Empecemos, pues, dame una botella de pisco, del más fuerte y barato que tengas -pidió el Rata, sacando nuevamente a relucir sus ánimos autodestructivos, añadiendo-: Y si no hay no importa, siquiera tendrás un poco de veneno para ratas... Me lo diluyes en agua, por favor.

"ASESINAN VIDENTE PERUANO EN ARGENTINA, ésa no la adivinó", leyó el Rata en uno de los tantos periódicos chicha en los que se había enfundado para pasar la noche. No se rió, a duras penas logró esbozar una casi imperceptible sonrisa, de esas que la gente suelta cuando piensa que ya no hay nada que hace con la prensa nacional. Con su temblorosa mano, luego de abrirse paso por esa insondable maraña de tinta pegoteada y papel arrugado, alcanzó su bolsillo derecho. Extrajo de él el cigarro que lo apartaría, al menos por unos momentos, de la inclemente desdicha que lo acosaba desde hacía ya tiempo. Se lo llevó a la boca; sus labios, presas de un manifiesto palpitar, lograron aprisionarlo a duras penas. Una rápida mirada al terreno baldío y a las almas desvaídas que en él moraban lo devolvió a la realidad, estaba bien en comparación a los demás, tenía periódicos y bastante vaina, pues había sido una jornada fructífera en lo que a atracos se refiere, el problema era que también tenía mucho frío, y pena y nostalgia.
Terminado un muy arduo día de trabajo en la oficina, sólo quería tomar a raudales y divertirse un rato, por lo que acudió a una discoteca cercana a su casa. Ya en el lugar divisó, a sólo unos pasos, a una mujer ya mayor, de aspecto peligrosamente sensual. Se la había quedado mirando impávido hasta que sintió cómo el cigarro que fumaba le desgarraba el labio, se lo había quemado. Se dirigió al baño a mirarse en el espejo, felizmente no había sido nada. La mujer lo esperaba en la puerta, ella también lo había estado observando, su abultado escote parecía querer estallar y se veía que estaba usando un liguero; Gonzalo no dudó un segundo en hablarle y le invitó un escocés, él se tomaría otro, pero doble y sin hielo. Pasados unos minutos, amasó los enormes pechos de la mujer, ella lo miró excitada y lo besó furtivamente en la oreja. Con una suplicante voz de puta de alto vuelo, le dijo: "Vamos a mi casa, papito", mientras, le masajeaba la verga con vehemencia.
Salieron del local con la lascivia en evidente efervescencia. Tambaleándose de beso en beso se dirigieron a la playa de estacionamiento donde Talía, que así se llamaba la mujer, había dejado su auto. "Es el Mercedes", le dijo a Gonzalo, parecía estremecerse con la sola pronunciación y posterior melodía de sus palabras.
Llegaron a su edificio en el Golf, uno de esos donde sólo puede habitar el dos por ciento de la población peruana.
Ya en el elevador, que era directo, Talía había desnudado casi por completo a Gonzalo, le practicaba una mamada fenomenal, de esas que ameritaban sus muchos años de experiencia en las artes amatorias.
Llegaron al penthouse. Cuando por fin Talía logró, no sin esfuerzo, despojarse de sus ropas, Gonzalo observó, atónito, cómo el sostén de encaje y el portaligas que ella llevaba, parecían hacer hasta lo imposible por evitar el desborde de mofles y tejido celulítico de ese cuerpo azotado por las estrías y los años.
La vista que se tenía desde ese piso diecisiete era espectacular. Gonzalo se preguntaba apenado por qué razón el cielo de Lima se le presentaba anaranjado y totalmente desprovisto de estrellas. ¿Premonición? No, siempre había sido igual. Ella le sirvió un escocés; él estaba feliz, toda su vida había pensado que pasarían mucho años antes de tomar su primer vaso de etiqueta azul, lo saboreó y se resignó ante la idea de intercambiar fluidos con Talía, matizó ese sentimiento pensando que a la tía podría sacarle fácilmente un carrito si la trabajaba bien. Imaginó que era Mónica, la chica de la oficina que le gustaba, y decidió caer subyugado y sin contemplaciones a ese cuerpo ya muy entrado en carnes; entretanto, Talía se encontraba nuevamente concentrada en prodigarle con su boca todos los mimos posibles al no muy ansioso falo de Gonzalo. "Golo golo añejo", pensó él, sonrió; ella creyó que lo estaba disfrutando.
Habían prendido el jacuzzi que estaba en la terraza y fue ahí donde empezó la batahola. "Si fuera Mónica y no esta vieja gorda, no querría que esta noche terminase nunca", caviló Gonzalo, pero más podía el Mustang rojo y convertible con el que ya se veía saliendo de la discoteca de moda con la chica más guapa de Lima: Mónica, según él, la adoraba; pero ella solamente salía con BMW´s, Jaguar´s o Range Rover´s... En cambio él, se movilizaba en unidades de transporte público y, cuando la situación lo exigía, en taxis.
Después de los preámbulos reglamentarios, ella lo llevó al dormitorio. Afiches de Andy Warhol colgaban de las paredes pintadas de colores chirriantes, de puta. Apartó el edredón de puta con sus manitas también de puta. Se echó de espaldas... "Métemela", le ordenó a Gonzalo con su voz de puta. Suspiró y gimió, nuevamente como puta, y abrió sus piernas como la más grande de todas las putas; acariciaba su clítoris con un movimiento frenético y sostenido de su dedo medio. "Y trátame como a una puta", agregó.
-Eso no será problema, perra de mierda -le espetó Gonzalo. ¿Amenguaría así su descontento?
-Sí, mmmmmmmmmmm -replicó ella, la EME más larga jamás pronunciada.
La puso en posición de perrito, "Espérame, putita mía", le ordenó, dizque cariñosamente. Se estiró para sacar de su pantalón de mezclilla el preservativo que llevaba siempre en su billetera, tenía la costumbre de cargar con uno desde que iba al colegio de curas donde pasó parte de su pubertad y toda su adolescencia. "El hermano Federico se moriría si llegara a enterarse", se dijo mientras trataba, con mucho trabajo, de ponerse el condón.
Vio que Talía aún no se había quitado los zapatos negros de tacón alto que llevaba, y que eran de puta, para no variar. "Como en la tele", pensó.
-Agárrate bien, puta de mierda; te voy a partir en dos. ¿Quién eres tú? -le preguntó, imperativamente.
-Tu putita -le contestó ella, entre gemiditos, otra vez de puta.
Gonzalo se arrodilló detrás de ella para introducirle su pene resignado. La penetró con fuerza llevando su cabeza hacia atrás jalándola de los cabellos. Ella vibró al sentir cómo el miembro de Gonzalo golpeaba su interior. En su cara se había dibujado, con arrugas y una ardorosa coloración roja, el inmenso placer que estaba experimentando. Se le habían volteado los ojos cuando Gonzalo se imaginó a Linda Blair en El Exorcista gritando: "Fuck me, fuck me!". Cerró los ojos y pensó en Mónica, se odió.
La interminable demostración de sus aptitudes histriónicas, desconocidas para él mismo, terminó cuando con voz desencajada le dijo: "Me vengo, me vengo" y fue presa de un muy bien calculado episodio espasmódico; en realidad, no había llegado a ningún lado, había fingido un orgasmo.
Se levantó de la cama y fue al baño a quitarse el preservativo, mudo testigo del pecado. Horrorizado, vio que del condón sólo quedaba el anillo, se había roto.
-Conchesumadre -dijo-, me cagué.
-¿Dijiste algo , precioso? -preguntó ella, desde el cuarto.
-No, nada, estoy disfrutando el momento -contestó él, mintió.
Le restó importancia al profiláctico mutilado por la fricción. Emprendió presuroso el camino a su casa. "No, no creo que me haya... no", se repetía, quería creerlo. Sacó su billetera, por la ventana del taxi botó el condón que le quedaba y juró ser célibe hasta el matrimonio; se deshizo también del teléfono de Talía... No la necesitaba, él mismo se compraría el Mustang con su plata, cuando la tuviera.
Pasaron unos meses y Gonzalo postuló a un trabajo en una importante compañía. Lo aceptaron, sólo tenía que pasar, como única e ineludible condición, un examen médico obligatorio. Lo reprobó, era portador del VIH, el virus que causa el sida. Lívido, lloró de manera incontenible, odió a Talía.
Fue a buscarla para avisarle. Apenas se había abierto la puerta del elevador cuando le contó su tragedia. "Ya lo sabía, hace cinco años que lo tengo", le dijo ella, sonreía. "Y llámame Silvia, que Talía es mi nombre de batalla", añadió.
Furibundo, la golpeó varias veces en el vientre con el puño cerrado. Vio que el jacuzzi estaba encendido y le atizó un fuerte golpe en el rostro que le cruzó la cara y la arrojó violentamente a la bañera. En el febril estado de descontrol en el que se encontraba, logró atisbar por el rabillo del ojo el inmenso adminículo con el que Talía (¿o Silvia? Ya no importa) pensaba apaciguar sus ansias sexuales; lo enchufó y, blandiéndolo amenazadoramente de izquierda a derecha, le dijo: "Con esta mierda de mueres, perra chuchetumadre". Furioso, arrojó el consolador al agua; ella empezó a sufrir un ataque epiléptico, o al menos eso parecía: se mordía la lengua, sus ojos se voltearon, el Monte de Venus se le había chamuscado, apestaba, había muerto.
Todos esos años de estudios, toda esa excelencia académica, un esfuerzo infructuoso; sus deseos de ser escritor, los talleres libres que había seguido para conseguirlo, todo, TODO había sido en vano. En la cocina se hizo de un cuchillo de carnicero, se dirigió a la terraza y lo hundió en el cuerpo ya inerte de Silvia; después de destriparla pintó con su sangre, en el vestíbulo, la siguiente advertencia: "Así mueren las putas".
Salió del edificio como alma que lleva el diablo. En su casa dejó una nota de despedida, en la que decía que se iba a suicidar; así le ahorraría las penas a sus padres y amigos, y el regocijo a sus enemigos.
Decidió abandonarse por completo y fue a la Floral, pero se dio cuenta que ya no era ni la sombra de lo que cantaba Andrés Dulude. Durante varios meses estuvo vegetando y robando entre Piñonate y Yerbateros, hasta que recaló en Renovación, donde terminó por asentarse a punta de verduguillos y violencia desmedida. Llegó a hacerse de un nombre entre sus compinches: el Rata.
Y ahí estaba él, ente amantes de la pasta, en ese bosque de huesos, de almas inanimadas, de cuerpos catalépticos. Recostado en un desmonte en posición fetal, y tiritando de frío debajo de ese montón de periódicos arrugados, recordó a Luis Hernández: "Yo hubiera sido un gran escritor, como tú, Luchito; allá voy, espérame... donde quiera que estés".
Escuchó a Jim Morrison: "This is the end, beautiful friend; this is the end, my only friend, the end". Le dio una última pitada a su cigarro cargado con pasta, para darse ánimos. Sacó el revólver que le había robado a un policía esa misma noche, y, sin dudarlo, se lo introdujo en la boca y se disparó; total, el infierno debía de ser un paraíso si se le comparaba con el hueco fusco y profundo en el que se encontraba.
Sintió miedo, todo estaba en penumbras; atravesó una especie de callejón oscuro donde miles de brazos pugnaban por alcanzarlo. Escuchó que alguien decía "Dimi, Dimi" teniendo como música de fondo la introducción de Carmina Burana. De pronto, sus pies lograron estabilizarse. "Esto debe ser", musitó; sí, ése, era el lugar.

-Empecemos, pues, dame una botella de pisco, del más fuerte y barato que tengas -pidió el Rata, sacando nuevamente a relucir sus ánimos autodestructivos, añadiendo-: Y si no hay no importa, siquiera tendrás un poco de veneno para ratas... Me lo diluyes en agua, por favor.
El diablo lo miró de arriba a abajo y alzó los brazos extendiéndolos por todo lo alto. En ese momento se empezó a escuchar una melodía, eran los Stones, Jagger cantaba Sympathy for the devil. Al Rata le agradó la escena, el diablo le palmoteó en el hombro.
-Mira chocherita -le dijo-, tienes buena pasta, pero el infierno no parece ser lo suficientemente tétrico ni doloroso como para castigarte dejándote en él. Lo que voy a hacer es devolverte a la vida, a la Tierra, tu verdadero infierno; pasarás ahí unos cuantos años y, si has hecho un buen trabajo enviándome los desperdicios humanos, te convierto en mi ayudante, en un demonio de altas esferas... Sino, pregúntale a Talía, o Silvia, o como mierda se llame esa zorra, que no ha parado de mamar mi verga diabólica desde que me la devolviste hace dos años -concluyó.
-Concha su madre -se lamentó el Rata, el diablo había resultado siendo peruano.

 

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